Capítulo 30. El último acto de una muñeca disfrazada. Me bañé y dejé que ella me arreglara el cabello. Me veía frágil, etérea, casi fantasmal. Exactamente como ellos querían que luciera... hermosa e inofensiva. Nadia terminó con mi cabello. Sus dedos, usualmente cálidos, estaban fríos como el hielo de San Petersburgo. En el espejo, mi reflejo me devolvía la imagen de una extraña. El vestido de seda color perla que Nicolás había enviado para mí era una obra de arte y, a la vez, mi mortaja... no entiendo por qué me dijo que suba a elegir uno con la Madame cuando él al anochecer me traería este. Es entallado en el torso, con una caída fluida que me hacía ver más delgada, bastante más vulnerable. Ahora que me miró con él, me doy cuenta de que no hubiera podido esconder los billetes que se

