La mesa de los domingos
El olor a albahaca llegaba antes que las voces.
La Nonna Simona siempre decía que la salsa necesitaba tiempo, como las cosas importantes. Que lo apurado salía agrio. Adele nunca supo si hablaba de cocina o de la vida.
La mesa de los domingos era larga. Demasiado larga para la cantidad real de gente que se sentaba en ella. Siempre quedaban dos lugares vacíos. Nadie los movía. Nadie preguntaba por qué seguían ahí.
—Pásame el pan, Dani Martí —dijo Adele sin mirarlo.
Tenían diecisiete años y una manera particular de ignorarse cuando estaban enojados.
Daniel le alcanzó la canasta sin responder. Sus dedos se rozaron apenas. Un gesto mínimo que, en otro momento, habría significado todo.
Gennaro hablaba fuerte, como si el volumen pudiera ordenar el mundo. El padre de Adele asentía más de lo que opinaba. Y cada tanto, como si alguien hubiera abierto una ventana invisible, el nombre aparecía en la conversación.
Armando
Nunca acompañado de adjetivos.
Nunca seguido de preguntas.
—Fue hace mucho —intervino el padre de Adele esa tarde, demasiado rápido—. No tiene sentido remover eso.
Silencio.
No era el silencio incómodo de quienes no saben qué decir.
Era el silencio ensayado de quienes acordaron no decir nada.
Daniel miró a Adele. Ella sostuvo la mirada. Ahí empezó la discusión que terminaría rompiéndolos.
—¿No te parece raro? —le susurró ella, apenas inclinándose hacia él— Lo del camión. Lo del hermano policía.
—Estás armando historias donde no las hay —respondió Daniel, bajo pero firme—. Fue un s******o.
—¿Y si no?
Daniel apoyó el vaso con más fuerza de la necesaria.
—Adele, dejá eso. No es asunto nuestro.
Ella lo miró como si esa frase fuera una traición.
No era solo Armando.
Era la forma en que Daniel elegía no mirar.
Esa fue la primera g****a.
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La última vez que Adele vio a la Nonna lúcida fue meses después.
El Alzheimer todavía era una palabra que se decía en voz baja. Como si nombrarlo acelerara el olvido.
La habitación olía distinto a la cocina de los domingos. Medicamentos. Desinfectante de lavanda artificial. Sábanas demasiado blancas.
—Irmina… —susurró la Nonna cuando la vio entrar.
—Soy Adele, Nonna.
Los ojos de la mujer se enfocaron con dificultad. Durante un segundo pareció reconocerla. O tal vez solo recordar otra versión de ella.
—Escúchame bien —dijo, tomándole la muñeca con una fuerza inesperada—. Armando no se colgó.
Adele sintió que algo le atravesaba el pecho.
—¿Qué?
—Tu hermana… y Ernesto… —la voz se volvió aire—. Él manejó ese camión. Sé cosas
La enfermera entró en ese momento. La mano de la Nonna se aflojó. La lucidez se desarmó como una torre mal apoyada.
—La salsa… hay que dejarla hervir —murmuró después, perdida otra vez.
Adele salió sin despedirse por el estado de confusión.
Esa noche discutió con Daniel.
—¿Y si la Nonna tenía razón? —preguntó ella.
—Está enferma —respondió él—. No podés construir tu vida sobre delirios.
—No son delirios.
—Adele, vas a destruir a tu familia por una sospecha.
Ella lo miró en silencio.
Tal vez fue en ese momento que entendió que querer a alguien no siempre significaba caminar en la misma dirección.
Dejaron de hablarse semanas después.
La vida hizo el resto.
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Trece años más tarde, los ascensores del edificio se abrieron en el lobby y dos desconocidos salieron al mismo tiempo.
Ella llevaba el cabello más corto. Su cuerpo estaba mucho más contorneado que sus 17 años.
Él, una barba que no existía en los recuerdos. Una musculatura que las montañas fomentaron.
Ni siquiera se miraron realmente.
Solo hubo un gesto automático de cortesía.
—Buen día —dijeron al unísono.
Ninguno prestó atención ni reconoció en el otro la versión que habían dejado atrás.
Todavía no.
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Adele volvió a la realidad luego de perderse en sus recuerdos.
La mesa de los domingos de la Nonna parecía que sucedía en un mundo paralelo, lejano a la realidad actual. Desapareció junto con ella en su funeral. No volvió a retomarse.
Surgieron las mesas vacías los domingos, se sentían de ese modo por la poca concurrencia, en su caso eran solo tres platos.
En su juventud fue muy curiosa sobre ello. Quería encontrar los argumentos que justificaron esa lejanía. Con el paso del tiempo dejó de querer encontrar explicaciones que nunca obtendría.
Esos misterios que tanto le llamó la atención en su adolescencia y en su juventud dejó atrás. En su adultez resuenan con mucha fuerza.
¿Tendrá que ver con el misterio de Armando?
El silencio incómodo cada vez que alguien mencionaba su nombre.
Miradas cruzadas entre Gennaro y su padre.
¿Por qué respondían ambiguamente cuando se mencionaba a Armando? ¿Ellos sabían verdaderamente que pasó?
¿Qué hay detrás de ese ocultamiento?
No piensa en corrupción. Pero no hay respuestas claras.
Su padre. Gennaro. Armando.
En sus recuerdos aparece la frase de “no remuevas lo que nadie está moviendo”.
Todo esto abre una nueva puerta a lo desconocido. Esto implica a los dos pilares que siempre tomó de ejemplo en su vida laboral y personal.
Y eso, duele. Duelen los misterios, las ambigüedades… duele la incomodidad y duelen las dudas.
Volvió a analizar con más detalle el expediente del caso.
Esta vez como si tuviera una lupa gigante que no deja pasar ni un mínimo detalle. Pidió aplazar las citas que no sean importantes y anotó todo lo que le preguntaría a Kevin pero implicado solo en lo relevante al conductor. Todavía no estaba lista para compartir el trasfondo que llevaría este caso.
También tenía que decidir si el estudio de casa de su madre sería el lugar más óptimo para dejar las anotaciones y estudiar la segunda línea de investigación. Porque en la oficina era arriesgado.
De esta manera pasaron las horas, dejando nuevamente en segundo plano sus dudas sobre el poema y Mark. A veces, hay cosas de mayor peso que se deben resolver primero antes de avanzar en el plano personal.
Esto no es solo un caso jurídico. Es un caso que afecta indirectamente, hasta el momento, con parte de lo que construyó la identidad laboral de Adele. Y primero uno debe estar seguro de cómo se define para luego poder conocer al otro.