Daniel apoyó el celular sobre la mesa de recepción del gimnasio y dejó que el grupo terminara de guardar las cuerdas. El lugar estaba casi vacío. A esa hora solo quedaban algunos alumnos rezagados, el sonido seco de los mosquetones chocando entre sí y el olor persistente del magnesio en el aire.
Abrió nuevamente el chat del grupo de escalada. Habían hablado del viaje durante meses sin concretarlo nunca.
Ahora, la idea empezaba a tomar forma.
Escribió: —Estoy viendo la salida a Uruguay dentro de dos semanas. Roca natural cerca de Minas. Tres días de entrenamiento fuerte. ¿Quién se prende?
Envió el mensaje. En pocos segundos aparecieron las primeras respuestas. Pulgares arriba. Preguntas sobre fechas. Un par de bromas.
Daniel confirmó a la empresa de turismo que siga adelante con la organización y reservas teniendo en cuenta las actividades que sugirió realizar, y dejó el celular a un lado. La excusa funcionaba. La escalada siempre funcionaba.
Abrió la notebook y volvió a mirar la página que había dejado abierta desde la tarde. El registro comercial mostraba los datos básicos de la empresa. Nombre. CUIT. Domicilio fiscal. Montevideo.
La dirección estaba en una zona portuaria. Daniel acercó la pantalla. No era un edificio corporativo grande. Más bien parecía uno de esos edificios administrativos donde funcionan varias empresas pequeñas al mismo tiempo.
Nada demasiado llamativo.
Nada que explicara por qué ese nombre aparecía vinculado a operaciones de hace más de diez años. Se recostó en la silla.
La primera vez que lo había visto había pensado que se trataba de una coincidencia. Una empresa logística más. Pero después el nombre había vuelto a aparecer. En otro documento. En otro registro. Y algo en esa repetición lo había hecho detenerse.
El gimnasio quedó completamente en silencio.
Daniel cerró la laptop.
El viaje estaba decidido.
Pero ahora tenía un segundo motivo. Cuando estuviera en Montevideo podría pasar por esa dirección.
Solo mirar. Tal vez no encontrara nada. O tal vez encontrara algo que explicara por qué esa empresa aparecía en registros que no tenían relación con el transporte.
Apoyó las manos sobre la mesa. La sensación era extraña. Como si estuviera siguiendo una cuerda que alguien había dejado colgando en la pared.
Y no supiera hasta dónde llegaba.
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Adele llevaba más de una hora rodeada de papeles.
Había empezado revisando el expediente que Armando había dejado inconcluso. Al principio solo buscaba entender qué estaba investigando exactamente.
Ahora la sensación era otra. Algo empezaba a repetirse demasiado.
Tomó uno de los documentos. Transferencias. Fechas. Nombres de empresas. Varias de ellas aparecían una sola vez. Empresas que existían durante pocos meses y luego desaparecían. Adele tomó el lápiz. Subrayó una línea. El destino de la transferencia.
Montevideo.
Frunció el ceño. Pasó la hoja. Otra operación. Otro nombre. Otro destino. Montevideo.
Apoyó la espalda en la silla.
Armando había marcado esos mismos registros con una pequeña anotación en el margen. Un símbolo sencillo pero medio borroso. Un triángulo abierto. Adele pasó el dedo por el dibujo. No sabía exactamente qué significaba. Pero era evidente que Armando estaba siguiendo un patrón.
Volvió a mirar la lista de empresas.
Varias estaban vinculadas a operaciones que duraban tres o cuatro meses. Contratos temporales. Después desaparecían. Como si nunca hubieran existido. Adele tomó el cuaderno. Escribió una palabra.
Uruguay.
La tinta tardó unos segundos en secarse. Algo en su memoria se movió.
Un recuerdo viejo. Una conversación que había escuchado de niña. La voz de su madre. Y la de su tía. Discutiendo en la cocina mientras el resto de la familia estaba en el comedor.
—No confío en él.
La voz de Irmina había sonado baja, pero firme. Adele recordaba estar sentada en la escalera. Escuchando.
—Estás exagerando —había respondido su tía.
—No —dijo su madre—. Ese hombre no es lo que parece.
Un silencio tenso. Después la voz de su tía.
—Ernesto solo está intentando salir adelante.
—¿Con qué dinero? —preguntó Irmina.
Otra pausa. Más larga. Adele recordaba el ruido de un cajón cerrándose con fuerza.
—No te metas en esto —dijo su tía finalmente.
—Ya estamos metidos —respondió su madre.
Adele volvió al presente.
Apoyó el lápiz sobre la mesa. Ernesto. El nombre apareció en su mente con una claridad incómoda. Durante años había sido simplemente el marido de su tía.
Hasta que un día desapareció.
Y poco después también desapareció su tía. Como si ambos hubieran salido de la historia familiar sin explicación.
Adele volvió a mirar los documentos. ¿Y si Armando estaba investigando algo relacionado con él? ¿Y si esas empresas fantasma tenían algo que ver con Ernesto?
Sintió un leve escalofrío. No era una prueba. Solo una intuición.
Pero las piezas empezaban a moverse en una dirección que no le gustaba. Volvió a mirar la palabra escrita en su cuaderno.
Uruguay.
Tal vez Armando también había llegado a esa conclusión. Tal vez ese era el lugar donde había intentado seguir el rastro. Adele cerró lentamente el cuaderno.
Si era así, entonces el camino que estaba siguiendo apenas empezaba. Y por primera vez desde que había abierto el expediente, tuvo la sensación de estar acercándose a algo real.
Algo que había permanecido oculto durante demasiado tiempo.