#BEN
No fui al cobertizo de botes.
La decisión se me clavó en el pecho como una mezcla de culpa y alivio. Todo en mí gritaba que ir a una amenaza anónima en la oscuridad era la forma más rápida de acabar como mi hermano, y no podía ayudar a Evan si terminaba inconsciente o peor. Así que me quedé en mi habitación, un cuarto pequeño que olía a polvo y madera vieja, con el tenue rastro del aroma de mi hermano aún presente, y me quedé mirando el teléfono hasta que la vista se me nubló.
Las nueve llegaron y pasaron. La notificación seguía ahí. —No llegues tarde. O si no. —Imaginé el cobertizo junto al lago helado, vacío, crujiente bajo el viento. Imaginé a alguien esperando, mirando la puerta, enfadándose más con cada minuto. Imaginé en qué se convertiría esa ira.
Me dormí con el teléfono en la mano y desperté con la luz gris de la mañana y el sabor amargo del acónito en la boca. El vial en la mesa estaba casi vacío. Dos días más antes de necesitar otra dosis, otros trescientos dólares, otro pedazo de mi lobo perdido.
El campus estaba en silencio cuando caminé hacia el complejo deportivo. Había nevado durante la noche, cubriendo todo con una capa blanca que hacía que Westwood apareiera tranquilo. Seguro, casi. El hombro aún me dolía por el golpe de Keller, y la venda en mi mano tiraba de la piel, un recordatorio de la única amabilidad que había recibido.
Iba cruzando el patio cuando la primera bola de nieve me golpeó en la cabeza.
El impacto fue frío y brusco. Perdí el equilibrio por un segundo y casi caí. Detrás de mí estalló una risa conocida.
—Vaya, vaya. El cachorro de Greymarch decidió aparecer.
Keller salió de detrás de un pilar, acompañado por tres lobos de Ironmaw. Su sonrisa era la misma de ayer. La misma que había usado con mi hermano. Algo oscuro se retorció en mi interior.
—Escuché que recibiste una invitación anoche —dijo, acercándose—. El cobertizo. Un lugar bonito. Qué pena que no fuiste. Él tenía muchas ganas de verte.
Él. Guardé esa palabra. Una pista.
—No recibí nada —respondí—. No sé de qué hablas.
Keller sonrió más. —Claro que no. Igual que no sabes por qué tu juego es pésimo ahora. ¿Olvidaste patinar?
Los otros rieron. Uno de ellos lanzó otra bola de nieve que me golpeó en el hombro.
—Tal vez también olvidó pelear —dijo—. Antes no eras así.
Mi hermano está en coma porque alguien como tú lo rompió.
No dije nada. Me quedé quieto mientras me rodeaban.
Keller se acercó más. Su olor era áspero, desagradable. Mi lobo reaccionó con rechazo bajo el acónito.
—¿Sabes qué creo? —murmuró—. Creo que escondes algo. Y si presiono lo suficiente, lo descubriré.
Me agarró de la chaqueta y me acercó.
—Suelta eso, Keller.
La voz fue baja, fría, y lo cambió todo.
Keller aflojó el agarre. Los otros retrocedieron.
Japheth Vorn caminó hacia nosotros entre la nieve.
Llevaba un abrigo n***o. Sus ojos grises estaban fijos en Keller. No alzó la voz. No hacía falta.
—Te dije que lo soltaras —repitió—. Y que te fueras.
Keller me soltó. Por un instante, hubo miedo en su rostro.
—No es asunto tuyo —dijo—. Calder no es Ironmaw.
Japheth inclinó la cabeza levemente.
—Todos en mi hielo están bajo mi protección —dijo—. Incluido Calder. Vete, Keller.
Había una orden en su voz. La sentí rozar mi mente. Mi lobo quiso rendirse. Me mantuve firme.
Keller no pudo. Dio un paso atrás. Luego se marchó con los otros.
El patio quedó en silencio.
Japheth no me miró al principio. Observó hasta que Keller desapareció. Luego se giró hacia mí.
—Deberías tener más cuidado.
Su tono fue bajo, casi suave. No lo esperaba.
—No te pedí ayuda —dije, y me arrepentí al instante.
—No —respondió—. No lo hiciste.
Me observó con atención.
—Keller es un cobarde. Y los cobardes son peligrosos cuando se sienten acorralados. Cree que escondes algo. No va a parar.
—¿Y tú qué harás?
La pregunta salió sola.
Se acercó un paso. Su presencia me envolvió.
—Depende —dijo despacio—, de lo que escondes.
El mundo se redujo a ese momento.
—No escondo nada —susurré.
Sostuvo mi mirada unos segundos más. Luego se apartó.
—Preséntate al entrenamiento esta tarde —dijo—. Si llegas tarde, correrás hasta que no puedas más. No me importan tus problemas. O vienes, o no vuelvas.
Se dio la vuelta y se marchó.
Me quedé solo en el patio, con el corazón acelerado, viendo cómo desaparecía entre la nieve.
Mi lobo estaba despierto ahora. Empujaba contra el acónito.
Quería seguirlo. Quería acercarse a él y confiarle todo.
La obligué a callar.
Estoy aquí por Evan. Para encontrar al culpable.
Pero mientras caminaba hacia el complejo, no pude dejar de pensar en su voz, en su cercanía, en esa breve suavidad que desapareció tan rápido como llegó.
Sospechaba algo. Quizás más de lo que debía.
Y aun así, no me expuso.
Me protegió.
Y no sabía si eso lo convertía en mi mejor aliado o en el peligro más grande.