Miro a Valery, a mis pequeños, y la habitación parece un refugio perfecto. Pero mi mente no puede quedarse quieta. Hay algo que se revuelve en mi interior, algo que no puedo ignorar. Me levanto lentamente, deslizando mi mano por la espalda de ella en un gesto tranquilizador. —Voy a tomar una ducha —murmuro, mi voz más baja de lo usual. Ella asiente, pero me observa con intensidad, como si pudiera leer lo que está pasando en mi cabeza. Cruzo el pasillo hasta el baño, cerrando la puerta detrás de mí con un suspiro pesado. Me quedo quieto por un instante, dejando que el silencio me envuelva. Luego, abro el grifo, dejando que el agua caliente caiga en cascada. —¿Cómo protegemos a nuestros hijos? ¿Cómo aseguramos su futuro sin condenarlos a un destino que no pidieron?— murmuré a m

