A la una de la madrugada, fui despertado por un estallido de pánico y confusión, acompañado de un intenso dolor en el pecho. Un sentimiento de desolación, tristeza y fatalidad se apoderó de mi mente, una experiencia tan ridícula como injustificada.
Logré incorporarme con dificultad de la cama y me desplacé a tientas hasta la cocina. Encendí la luz y prendí la hornilla, poniendo a hervir leche para un café. Me senté en el sofá de la sala, luchando por calmar mi creciente pánico.
Mis piernas comenzaron a temblar, mis manos sudaban y una ansiedad incontrolable ascendía desde mis pies hasta mi cabeza. "¿Qué está pasando?" me pregunté en silencio. Me levanté del asiento y decidí vestirme. Cogí el teléfono, pensé en llamar a Leidy, pero deseché la idea. No entendía lo que me ocurría, así que era innecesario explicárselo a alguien más. Tenía que reponerme por mi cuenta, superar esto lo más rápido posible.
Salí a la calle y me encontré con una escena desolada. Una densa niebla ocultaba todo más allá de lo que alcanzaban a iluminar las lámparas. Caminé intentando calmar mi ansiedad, pero de repente noté algo inquietante. A unos cincuenta metros de distancia, vi la silueta de un hombre gigante, delineado por las luces de las lámparas, que permanecía inmóvil, observándome. Un escalofrío de pánico me recorrió y decidí regresar a casa. Cerré la puerta con llave y me escondí detrás del sofá, preguntándome: "¿Qué demonios está pasando?"
Entonces, un fuerte golpe en la puerta me sobresaltó, y me quedé en silencio, escondido tras el sofá, esperando en tensa calma. Otro golpe resonó, erizando los vellos de mi piel. No pude soportarlo más, era imposible moverme. Un tercer impacto derribó la puerta por completo.
La entidad pateó los restos de madera, la luz se debilitó y percibí pasos aproximándose. Finalmente, se detuvo frente a mí, una figura vestida de sombras, emanando frío y con fuego en su mirada.
—¡Lárgate! —grité, desesperado.
—Oh, Malachi, no me encuentro aquí —respondió con una voz inefable y sobrenatural.
—¡Vete de mi casa! —exclamé con creciente vehemencia.
—¡No estoy en tu casa! —replicó. —Resido en tu mente. —
La entidad me agarró el brazo con rudeza y me arrastró hasta la habitación, empujándome adentro. Siguió burlándose de mi delirio. Me liberé de él y me arrastré bajo la cama y cubrí mi cabeza con las manos.
Desde mi posición, contemplé cómo los pies de esa criatura se movían con una lentitud inquietante por la habitación, avanzando y retrocediendo, mientras su risa estridente resonaba en carcajadas perturbadoras. Comenzó a tomar mis pertenencias y las arrojó con violencia contra las paredes y el suelo: mis retratos, utensilios de aseo personal, libros, ropa y objetos decorativos. Experimenté una punzada de dolor al ver que incluso una escultura que tenía en mi escritorio, un recuerdo de la universidad, saltó y se rompió.
La habitación estaba en caos, con mis posesiones esparcidas por todas partes. El monstruo seguía destrozando todo a su paso, sin un motivo aparente. Mi corazón latía con fuerza, y una mezcla de miedo y frustración se apoderaba de mí.
Traté de pensar con rapidez. ¿Cómo podía enfrentar esta situación tan estúpida como aterradora? Las opciones eran limitadas, y la lógica me decía que no debía salir de mi escondite. Mis ojos seguían fijos en aquella cosa, esperando que no se acercara. No sabía si ese ser extraño podía matarme, pero no quería averiguarlo.
Mientras el caos continuaba, recordé que tenía un teléfono en mi bolsillo. Con manos temblorosas, saqué mi teléfono y llamé al 911. Mi voz estaba llena de ansiedad cuando expliqué la extraña situación que estaba ocurriendo en mi casa.
—Por favor, señor, le ruego que mantenga la seriedad. Esta línea no es para hacer chistes o tonterías. ¿Está bajo la influencia de alguna sustancia?
—No, lo digo en serio. Hay una criatura en mi casa destrozándolo todo, y posiblemente intente matarme. Por favor, envíen ayuda. —Antes de colgar la llamada, escuché al operador susurrar a alguien más: "Este tipo está completamente desquiciado".
Mientras esperaba, una mezcla de incertidumbre y miedo llenaba mis pensamientos. ¿Qué era esa criatura y por qué estaba destruyendo todo en mi casa? ¿Era una alucinación o algo más siniestro? Sabía que no podría resolver este misterio por mí mismo, pero al menos la ayuda estaba en camino.
Batallé por apartar esas ideas, sumergiéndome en los recuerdos más radiantes. Los días junto al mar, la gracia de las mujeres que cruzaron mi camino, los mejores polvos, las historias entre las páginas de los libros, la calidez del vino, las charlas interminables con amigos y familiares, e incluso la lealtad incondicional de los perros que alguna vez formaron parte de mi vida. Poco a poco, la esperanza empezó a tomar forma, la voluntad regresó y las palpitaciones disminuyeron. Finalmente, pude respirar, mis párpados pesaban y una sensación cálida me envolvió mientras la figura horripilante atravesaba la habitación y se desvanecía por la ventana.
Agotado y sin fuerzas, permití que mi visión disfuncional se apagara. En medio de ese caos, encontré reposo. Apenas pude escuchar una risa macabra proveniente de la extraña figura, que parecía desvanecerse en el humo que salía de mi ventana.
Según el informe policial, olvidé apagar el fogón, lo que resultó en que la leche se derramara, apagando la llama y permitiendo que el gas se acumulara en toda la casa. En ese momento, alguien que pasaba cerca de mi casa encendió un cigarrillo, desencadenando una explosión que creó un inferno dantesco de proporciones épicas. Trágicamente, el hombre del cigarrillo perdió la vida, al igual que tres personas más: una pareja de abuelos que vivían en el apartamento contiguo y un vagabundo que pasaba la noche junto a la acera. Por un verdadero milagro, quedé sepultado bajo los escombros, pero logré sobrevivir gracias a la resistencia de la cama de teca.
Desperté en el hospital.
—¡Enfermera! —llamó Carlos con urgencia. —¡Enfermera, el doctor, Malachi ha recobrado el conocimiento!
—¿Qué sucedió? —inquirí, confundido y lleno de intriga.
—Has estado en coma durante dos días, amigo. Tu hogar estalló y tu supervivencia es un auténtico milagro —informó Carlos. Leidy se aproximó y posó en mí una mirada llena de preocupación y cariño, tomando mi mano con ternura.
—Amor, gracias a Dios estás bien —aseguró con voz suave.
La enfermera entró en la habitación, registró mis signos vitales y realizó preguntas sobre mi residencia y la fecha, a las cuales respondí.
—Muy bien —asintió. —Informaré al doctor para que realice los exámenes necesarios. Es posible que recibas el alta esta misma tarde.
—Malachi… Estoy esperando un bebé —susurró Leidy en mi oído.