Al día siguiente Soledad guardaba sus cosas en profundo silencio. Cris la abrazó por la cintura, pero ella se alejó. —¿Qué ocurre? —preguntó él, frunció el ceño, alzó una ceja. —Nada —respondió—, dijiste que el avión sale en dos horas, que se debe estar antes en el aeropuerto. Cris no le creyó nada, la conocía bien, sabía como hacía temblar su labio cuando estaba enfadada. —¿Por qué estás molesta? Soledad soltó un bufido, lanzó una blusa en la maleta, alzó su rostro, lo miró a los ojos. —Anoche, cuando estabas conmigo, pronunciaste el nombre de Tamara —vociferó, su mirada era oscura, parecía una fiera a punto de saltar sobre su presa, respiraba agitada. Cris abrió los ojos con sorpresa. Palideció. —No, no es lo que piensas, te lo juro, déjame explicarte. —Se acercó a ella, i

