Ximena puso los ojos en blanco, dibujó en sus labios una mueca. —¿Para qué? —rebatió, abría y cerraba sus puños, su pecho subía y bajaba agitado. —Ese hombre debió ir a prisión, no merece estar vivo ese miserable —gruñó hablando en voz fuerte—, eras apenas una niña, ¿cómo se atrevió? ¡Debería ir y apretarle lo que sabemos hasta que se retuerza de dolor! —¿Crees que eso le importó? —cuestionó Ximena—, esa gente no tiene conciencia, ni nada que se le parezca, lo peor no fue eso. —Tragó saliva, y miró a los ojos a Juan David—, ese asqueroso viejo, me dejó embarazada. Juan David se puso blanco como la hoja de un papel, cerró sus ojos, su ritmo cardíaco se disparó. —¿Qué? ¿Y el bebé? —Murió, mi padre se encargó de sacármelo a golpes —respondió, los labios le temblaban—, quizás fue mej

