Hilos invisibles

1048 Words
VIII Hilos Invisibles La lluvia empezó a caer suavemente sobre Montclair, tiñendo las calles de un brillo apagado. Desde la ventana de su celda, Eva observaba las gotas deslizarse por el cristal, un ritmo hipnótico que la ayudaba a organizar sus pensamientos. La conversación con André la había dejado inquieta, pero no podía permitirse el lujo de mostrarse afectada. Cada palabra que él decía, cada mirada, parecía estar diseñada para desnudarla, para penetrar la fachada que tanto esfuerzo le había costado construir. Dejó escapar un suspiro y tomó el medallón que descansaba contra su pecho. El tacto frío del metal era tranquilizador, un recordatorio de lo que realmente era y del propósito que debía cumplir. Apretó el objeto entre sus dedos, murmurando una oración que nadie le había enseñado, pero que siempre había sabido. Una parte de ella quería creer que la lluvia lavaría más que el polvo de las calles, que podría borrar las manchas que la perseguían. En otro punto del convento, Margot se encontraba en la biblioteca, hojeando un viejo registro que había encontrado entre los documentos olvidados. Las palabras descoloridas hablaban de eventos ocurridos hace décadas, un tiempo en que el convento era más que un refugio espiritual. Había algo inquietante en las descripciones de las prácticas de esa época, pero lo que más llamó su atención fue un nombre: “Adelaine.” La monja desaparecida. El registro hablaba de ella en términos vagos, pero mencionaba algo sobre su conexión con una reliquia, una joya antigua que se decía contenía un poder oscuro. Margot cerró el libro, apretando los labios. Algo en Eva le recordaba demasiado a las historias de Adelaine, y aunque no tenía pruebas, no podía ignorar la sensación creciente de que estaban reviviendo algo que nunca debería haber sucedido. André, mientras tanto, estaba sentado en su despacho improvisado, revisando nuevamente el expediente del caso. La lluvia golpeaba el techo, creando un telón de fondo que encajaba con su estado de ánimo. El cadáver que habían encontrado había sido un rompecabezas, pero no era solo el crimen lo que lo mantenía despierto. Había algo más, algo que lo inquietaba profundamente. Abrió una carpeta aparte, una que mantenía lejos de los ojos de sus compañeros. En su interior había recortes de periódicos viejos, fotografías y notas personales. La mayoría estaban relacionadas con casos sin resolver que había investigado en el pasado, pero una sección en particular estaba dedicada a un incidente que nunca había compartido con nadie. La imagen de Eva cruzó su mente nuevamente. Había algo en ella, en su mirada, que le recordaba a esos casos. Un destello familiar de secretos que nadie más parecía notar. Decidió seguir su instinto y buscar más información sobre la monja recién llegada. Sabía que no sería fácil, pero tenía sus métodos. Montclair no era un lugar que escondiera secretos para siempre. Esa misma noche, después de la cena, las monjas se reunieron nuevamente en la cocina. El ambiente estaba más cargado que de costumbre, y la lluvia persistente parecía influir en su estado de ánimo. Sor Beatriz fue la primera en hablar, como siempre. —Margot, ¿has estado revisando esos viejos registros otra vez? —preguntó con un tono que intentaba ser casual, pero que traicionaba su curiosidad. Margot levantó la vista de su taza de té. —Sí. Creo que es importante entender el pasado para evitar repetir errores. Beatriz arqueó una ceja. —¿Errores? ¿A qué te refieres? Margot se inclinó hacia adelante, susurrando casi como si temiera que alguien más pudiera escuchar. —Hace años, antes de que llegáramos, hubo incidentes aquí. Rituales extraños, desapariciones. Y no puedo evitar notar ciertas similitudes con lo que está pasando ahora. Las otras monjas se miraron entre sí, nerviosas. Lucía fue la primera en romper el silencio. —¿Crees que Eva está relacionada con eso? Margot negó con la cabeza, aunque la duda en su expresión era evidente. —No estoy segura. Pero hay algo… algo que no encaja con ella. Beatriz, que rara vez se dejaba llevar por teorías sin fundamento, no pudo evitar sentir un escalofrío. —¿Qué hacemos entonces? —Nada, por ahora —respondió Margot—. Solo observemos. Pero tengan cuidado con lo que dicen y hacen. Este lugar guarda secretos que no deberíamos despertar. Mientras tanto, Eva caminaba por los pasillos vacíos del convento. Su objetivo era claro: llegar a la biblioteca. Necesitaba respuestas, y las necesitaba rápido. Había sentido las miradas de Margot y las otras monjas, sabía que sospechaban algo, aunque no podían precisar qué. Entró en la biblioteca y cerró la puerta detrás de ella. Las sombras danzaban entre los estantes de libros antiguos, y el olor a papel viejo llenaba el aire. Encendió una lámpara y comenzó a buscar en los registros, enfocándose en cualquier cosa que mencionara rituales o desapariciones. Entre las páginas amarillentas, encontró una mención a una entidad, algo que había sido llamado “El Silencio.” No había muchas descripciones, pero las palabras hablaban de una presencia que se alimentaba del miedo y la culpa. Su lectura fue interrumpida por un sonido detrás de ella. Se giró rápidamente y vio a André parado en la puerta. —¿Sor Eva? —dijo él, con una mezcla de sorpresa y curiosidad—. ¿Qué hace aquí tan tarde? Eva cerró el libro rápidamente, intentando mantener la calma. —La lluvia no me deja dormir. Pensé que la lectura podría ayudar. André no parecía convencido, pero decidió no presionar. —Interesante elección de lectura para una noche como esta. —La historia del convento siempre me ha fascinado —respondió ella, sonriendo débilmente—. Es un lugar con muchas capas, ¿no le parece? André asintió, observándola detenidamente. Había algo en su tono, en su postura, que no podía ignorar. Sentía que estaba al borde de una revelación, pero no sabía cuál. —Tal vez podamos hablar más de eso algún día —dijo finalmente—. Buenas noches, sor Eva. Ella lo observó marcharse, sintiendo que el cerco se estrechaba. Pero también sabía algo más: André Moreau no era un hombre común. Algo en él vibraba en la misma frecuencia que sus secretos, y esa conexión podía ser tanto su salvación como su ruina.
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