Sangre de mi sangre

1340 Words
El estacionamiento de la preparatoria quedó sumido en un silencio sepulcral, roto solo por el pitido de una alarma lejana y los sollozos ahogados de Thiago. Sara permanecía inmóvil, mirando hacia el bosque donde las sombras parecían haber devorado a Liam. El aire todavía olía a ozono, pólvora y ese aroma animal, denso y eléctrico, que emanaba del lobo. —¡Muévete, Thiago! ¡Deja de llorar como un niño y ayúdame! —rugió Marcus, presionando una gasa contra los tres surcos sangrientos de su pecho. Su rostro, pálido por la pérdida de sangre pero encendido por un odio maníaco, era la imagen misma de la muerte. —Él... él no es humano, Marcus. Viste lo que hizo... —balbuceó Thiago, limpiándose la orina de los pantalones con manos temblorosas. Sara sintió una ráfaga de náuseas. No por el monstruo que acababa de ver, sino por los hombres que tenía delante. Sin decir una palabra, aprovechó que el oficial Méndez estaba distraído atendiendo a Ortega para acercarse a la camioneta de su padre. Con movimientos rápidos y silenciosos, heredados de esos años de "entrenamiento" que tanto odiaba, metió la mano por la ventana rota y arrancó el rastreador satelital del tablero. Era el dispositivo conectado a los dardos de acónito que Liam llevaba clavados. —¡Sara! —la voz de Marcus la golpeó como un latigazo. Se acercó a ella, agarrándola del brazo con una fuerza que le dejó marcas—. Vas a subirte a la patrulla. Ahora mismo. Te vas a casa y te quedas bajo llave. Thiago te llevará. —No voy a ir a ninguna parte contigo, ni con él —respondió Sara, sosteniéndole la mirada. Por primera vez, Marcus no vio a su hija obediente, vio a una rival—. Lo que hiciste fue un asesinato frustrado. Liam no atacó a nadie hasta que tú le disparaste. Marcus soltó una carcajada seca, que terminó en una mueca de dolor. —Lo que viste ahí no es Liam, Sara. Es un parásito que usa su cuerpo. Y si no me dejas terminar el trabajo, ese animal te despedazará en cuanto tenga hambre. ¡Thiago, llévatela! ¡Es una orden! Thiago, viendo una oportunidad para recuperar algo de dignidad y alejar a Sara del peligro, la agarró por la cintura. —Vamos, Sara. Es por tu bien. Este lugar es una locura. Pero Sara no era la misma chica que salió de la ciudad llorando por una infidelidad. Con un movimiento seco, le propinó un codazo en el estómago a Thiago que lo dejó sin aire y, antes de que su padre pudiera reaccionar, corrió hacia su propio coche, que seguía estacionado cerca. Arrancó el motor y salió derrapando, dejando a Marcus gritando órdenes por la radio. La persecución por las carreteras secundarias de Blackwood Falls fue una danza suicida. Sara conducía con una mano en el volante y la otra sosteniendo el rastreador. El punto rojo parpadeaba débilmente: Liam se movía rápido, pero se detenía con frecuencia. Estaba herido y el veneno lo estaba matando. De repente, el rastreador se volvió loco. El punto rojo se detuvo cerca de la vieja serrería abandonada, pero otro punto, uno azul que ella no reconoció, empezó a acercarse a la misma posición desde el norte. —No soy la única rastreándolo —susurró Sara, sintiendo un nudo en la garganta. Llegó a la serrería justo cuando la luz de la luna empezaba a ser filtrada por nubes negras. El lugar olía a madera podrida y a muerte. Sara bajó del coche, armada solo con una linterna y la navaja que siempre llevaba en la bota. —¿Liam? —llamó en voz baja—. ¡Liam, soy yo! Un gruñido bajo surgió de entre los montones de troncos secos. Allí estaba él. Había vuelto a su forma humana, pero era una imagen desgarradora. Liam estaba desnudo, cubierto de barro y sangre, con las venas del cuello y los brazos resaltadas en un n***o violáceo por culpa del acónito. Se retorcía en el suelo, luchando por respirar. —Sara... vete... —logró decir, con los ojos volviéndose ámbar y marrón en intervalos frenéticos—. Viene... el Alfa viene... —No voy a dejarte —dijo ella, arrodillándose y empezando a arrancar los dardos de su piel con manos firmes a pesar del llanto. —Qué escena tan conmovedora —una voz fría y elegante resonó desde las sombras de la serrería. Sara se puso de pie de un salto, interponiéndose entre Liam y la oscuridad. De las sombras no salió el Alfa, ni Marcus. Salió una mujer alta, vestida con un traje impecable que contrastaba con la suciedad del lugar. Era la madre de Sara, Elena, a quien ella creía a salvo en casa. —¿Mamá? ¿Qué haces aquí? —preguntó Sara, confundida. —Vine a salvar el honor de esta familia, Sara —dijo Elena, sacando una pistola de plata grabada con runas antiguas—. Tu padre es un sentimental. Él quiere cazar al lobo por deber. Yo lo hago por placer. Elena no era la esposa pasiva del jefe de policía; ella era la verdadera líder del consejo de cazadores, la que movía los hilos de Marcus desde la sombra. —Tú sabías todo esto... —susurró Sara, dándose cuenta de que toda su vida había sido una mentira—. Tú sabías lo de Blackwood Falls antes de venir. —Vinimos aquí porque sabíamos que el Alfa despertaría —dijo Elena, apuntando directamente a la cabeza de Liam—. Y este chico es el recipiente perfecto para atraerlo. Apártate, Sara. No hagas que mate a mi propia hija por un error de juventud. Liam soltó un grito de agonía cuando el veneno llegó a su corazón, y en ese momento, el techo de la serrería estalló. El Alfa, la bestia gigantesca del capítulo anterior, cayó sobre la madera con un impacto que sacudió los cimientos. Pero el Alfa no atacó a Liam. Se detuvo y, ante los ojos de Sara y Elena, empezó a transformarse. El pelaje retrocedió, la masa muscular se encogió y, en medio de los escombros, apareció un hombre que Sara reconoció de las fotos viejas del desván de su abuelo. Era Silas, el abuelo de Sara, que supuestamente había muerto hacía años en un accidente de caza. El Alfa no era un extraño; era el patriarca de la familia de cazadores, el que había iniciado la infección para crear una "r**a superior" de guerreros que pudieran controlar a la manada y a los cazadores por igual. —Elena... —dijo Silas con una voz que parecía venir de ultratumba—. Deja al chico. Él es el primero que ha resistido mi llamada. Su sangre es más fuerte que la nuestra. Sara estaba en shock. Su madre quería matar a Liam, su abuelo era el monstruo que lo había convertido, y su padre venía en camino con un ejército de policías. Estaba rodeada de monstruos, y los que tenían forma humana eran los más peligrosos. —¡Corre, Liam! —gritó Sara, agarrando una barra de hierro y golpeando una lámpara de queroseno cercana. El fuego estalló instantáneamente, creando una barrera de llamas entre ellos y su familia de locos. Sara cargó a Liam, cuya piel empezaba a sanar al sentir la presencia del Alfa cerca, y lo arrastró hacia la salida trasera. —Sara, si cruzas esa puerta, dejas de ser una de nosotros —gritó Elena a través del fuego—. ¡Serás cazada como uno de ellos! —¡Prefiero ser una presa que ser como ustedes! —respondió Sara antes de desaparecer en la oscuridad del bosque con Liam. Detrás de ellos, los gritos de Marcus y las sirenas de la policía empezaron a rodear la serrería. La cacería acababa de subir de nivel. Ya no era solo una guerra entre especies; era una guerra de sangre contra sangre, y Sara acababa de quemar todos los puentes hacia su pasado.
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