Capítulo 9: Fragmentos de humanidad

1000 Words
El frío de la tierra mojada fue lo primero que devolvió a Liam a la realidad. No hubo un despertar heroico; fue un regreso lento y doloroso, arrastrándose entre las raíces de los pinos mientras el cielo se teñía de un gris plomizo. Tenía la boca seca, con un regusto amargo a hierro, y cada articulación de su cuerpo protestaba con un chasquido seco. Al mirarse las manos, vio que sus uñas estaban rotas y sus nudillos en carne viva, un mudo testimonio de la violencia con la que había desgarrado las cadenas en la clínica. Logró llegar a su casa antes de que el primer autobús escolar pasara por la calle. Se movió como una sombra, evitando los espejos porque temía no reconocer al chico que le devolviera la mirada. Bajo la ducha, el agua caliente no lograba quitarle el escalofrío que le recorría la columna. Se puso la sudadera más grande que encontró, apretando los dientes mientras estiraba la tela sobre su hombro magullado. Tenía que ir a la escuela. Quedarse en casa sería admitir que algo andaba mal, y en un pueblo tan pequeño como este, el silencio siempre se llena con sospechas. El estacionamiento de la preparatoria era una olla a presión. Los grupos de estudiantes se amontonaban cerca de las taquillas, hablando en susurros nerviosos. La noticia del accidente de Sara se había propagado como un incendio forestal. Para Liam, entrar allí fue como caminar directamente hacia una jauría. Podía escuchar los latidos acelerados de sus compañeros y el zumbido de las luces fluorescentes que le taladraba los oídos. —¡Liam! ¡Cielos, hermano, mírame! —Jace lo interceptó antes de que pudiera llegar al salón. Su amigo lo arrastró hacia el pasillo de los laboratorios, un lugar menos transitado a esa hora. Jace tenía el rostro pálido y las manos le temblaban visiblemente. —Casi me muero de un infarto cuando vi que no estabas en la clínica —susurró Jace, pegándose a él—. El doctor Harrison dice que se cayó, pero tiene la cara hecha un desastre. Liam, la policía está por todas partes. Dicen que Marcus encontró huellas cerca del coche de su hija. Huellas que no son de un oso. —No sé qué pasó, Jace... solo recuerdo el impacto y después... oscuridad —respondió Liam, apoyando su peso contra los casilleros metálicos. Se sentía mareado, el olor a desinfectante del suelo le revolvía el estómago—. Tengo que sentarme. Siento que me voy a desmayar. —No puedes desmayarte ahora. Tienes que parecer el mismo Liam de siempre, el que se cae de la bici y se ríe de sus propias torpezas —Jace le subió la capucha con un gesto brusco pero protector—. Si alguien pregunta, te caíste en la zanja de la carretera vieja anoche. Es la única forma. Si Marcus te ve así de débil, te va a interrogar hasta que te quiebres. Caminaron hacia la clase de historia, pero el pasillo se sentía como un túnel que se cerraba sobre ellos. Liam intentaba controlar su respiración, contando cada paso para no perder el equilibrio. De repente, el mundo se detuvo. Sara estaba allí, parada frente a su casillero. Se veía frágil, con un pequeño vendaje en la sien y los ojos cansados de quien no ha dormido por llorar una traición. Cuando sus miradas se cruzaron, Liam sintió una descarga eléctrica que le recorrió hasta la punta de los dedos. Ya no era solo atracción; era un reconocimiento primitivo. —Liam... —dijo ella, acercándose lentamente. Su voz era apenas un susurro que él escuchó con una claridad dolorosa. —¡Sara! Qué bueno verte bien después del susto —intervino Jace, forzando una sonrisa exagerada—. Aquí Liam también tuvo una noche de perros. Se pegó un golpe tremendo con la bicicleta por culpa de la tormenta. Míralo, ni siquiera puede sostener la mochila. Sara no le prestó atención a Jace. Sus ojos buscaban algo en los de Liam, una respuesta a lo que vio anoche a través del parabrisas. Dio un paso más, quedando a centímetros de él. Liam podía oler su perfume de jazmín, pero también el rastro de la pólvora y el aceite de armas que seguramente traía de su casa. —Te ves muy mal, Liam, te veo algo pálido si te sientes bien? —dijo ella, extendiendo una mano como si fuera a tocarle el hombro herido. Liam retrocedió instintivamente, un gruñido bajo y casi imperceptible naciendo en su garganta. Se mordió el labio para callarlo, sintiendo el sabor de su propia sangre. —Estoy bien, de verdad. Solo necesito un poco de aire, no te preocupes—logró decir Liam, evitando su mirada. Sabía que si se quedaba un segundo más, sus sentidos lo traicionarían. Su instinto le gritaba que la protegiera, pero su cuerpo le recordaba que él era el peligro del que ella huía. —Mi padre dice que hay algo en el bosque —continuó Sara, bajando la voz—. Dice que va a organizar una patrulla de caza. Liam... si vas a salir en bici, no lo hagas por la noche. No es seguro, puede ser que sea verdad lo que piena mi padre y sea muy peligroso el bosque a esa hora, así que cuídate mucho y no salgas tan tarde. —Gracias por el aviso —respondió él, con el corazón martilleando contra sus costillas. Jace lo empujó suavemente hacia el salón, cortando la tensión. Mientras se alejaban, Liam sintió la mirada de Sara clavada en su espalda. El secreto se estaba volviendo una carga física, más pesada que las cadenas que había roto. Estaba rodeado de gente, pero nunca se había sentido tan solo. En ese pasillo lleno de adolescentes hablando de fiestas y tareas, él y Sara eran los únicos que sabían que el mundo real acababa de romperse, y que la sangre pronto empezaría a correr por los pasillos de Blackwood Falls.
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