Capítulo 8: Colisión en las sombras

1359 Words
El estruendo de metal desgarrándose resonó en la sala de cirugía como un disparo. Las cadenas de acero y acónito, diseñadas para contener a las bestias más feroces, cedieron ante la fuerza bruta de un Liam que ya no recordaba su nombre. No fue un escape limpio; fue una explosión de pelaje, garras y furia. El doctor Harrison voló hacia atrás por el impacto, golpeándose contra una estantería de medicamentos, mientras Jace se quedaba petrificado en una esquina, viendo cómo la criatura que antes era su mejor amigo saltaba por la ventana reforzada, rompiendo el cristal en mil pedazos. Liam, ahora una masa de músculos oscuros y ojos ámbar, cayó sobre la tierra húmeda y desapareció en la espesura del bosque con una velocidad que desafiaba las leyes de la física. El Alfa lo llamaba desde lo profundo de la maleza, y el instinto de la sangre era más fuerte que cualquier rastro de humanidad. A pocos kilómetros de la clínica, Sara conducía con la vista nublada por las lágrimas. La traición de Thiago y Sofía se sentía como un ácido quemándole las entrañas. Necesitaba escapar de las paredes de su casa, del olor a aceite de armas de su padre y del silencio opresivo de su madre. La lluvia golpeaba con furia el parabrisas de su coche, y el asfalto de la carretera forestal brillaba como el lomo de una serpiente bajo la luz de la luna llena. —Te odio, Thiago... los odio a todos —sollozó, apretando el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos. De repente, una sombra masiva surgió de entre los árboles. Fue un segundo de terror absoluto. Sara pisó el freno a fondo, pero el impacto fue inevitable. Algo pesado, algo que se sentía como una pared de carne y hueso, chocó contra el capó de su vehículo. El coche dio un violento sacudón, el airbag no llegó a saltar, pero el cinturón de seguridad la dejó sin aliento mientras el motor se apagaba con un quejido metálico. Sara quedó en silencio, con el corazón martilleándole en los oídos. El humo salía del capó destrozado. Aterrada, levantó la vista. Frente a sus faros, que parpadeaban con una luz mortecina, una criatura se alzaba lentamente. No era un oso. No era un lobo común. Era una bestia de hombros anchos y pelaje oscuro que brillaba bajo la lluvia. Por un instante, la criatura giró la cabeza y miró directamente a través del parabrisas. Sara se quedó helada. Esos ojos... eran de un ámbar incandescente, llenos de un dolor y una confusión que le resultaron extrañamente familiares. Por un segundo, el tiempo se detuvo y ella no vio a un monstruo; vio la misma soledad que ella sentía. La bestia soltó un gruñido bajo, una mezcla de advertencia y agonía, y antes de que Sara pudiera reaccionar, saltó sobre el techo del coche, abollándolo con su peso, y desapareció en la oscuridad del bosque. Con las manos temblando violentamente, Sara buscó su teléfono. Sus dedos apenas podían marcar el número. —¿Papá? —su voz era un hilo de terror puro—. Papá, por favor... he chocado. En la carretera vieja del bosque. Algo... algo me atacó. Veinte minutos después, el lugar estaba inundado de luces azules y rojas. Marcus llegó en la primera patrulla, con el rostro desencajado y el rifle en la mano. Sacó a Sara del coche y la abrazó con una fuerza que casi la lastima, mientras los oficiales Méndez y Ortega inspeccionaban el vehículo con linternas de alta potencia. —¿Estás bien? ¿Te tocó? —preguntó Marcus, escaneando el bosque con una furia contenida. —Yo... yo no sé qué era, papá. Era enorme. Parecía un hombre, pero... —Sara se interrumpió, viendo cómo los oficiales llamaban a su padre hacia el lateral del coche. Marcus se acercó y bajó la linterna. En el capó del coche y en la puerta del conductor no había rastro de la criatura, solo unas marcas profundas y violentas. —Solo son arañazos, jefe —dijo el oficial Méndez, pasando el dedo por un surco en el metal—. Pero mire el tamaño. Si esto es un animal, es el más grande que he visto en mi vida. Parece que intentó trepar el coche, no destruirlo. Marcus apretó los dientes. No había sangre. No había huellas claras en el asfalto mojado. Para cualquier policía normal, habría sido un choque con un alce o un oso grande, pero Marcus sabía leer las sombras. Miró hacia el bosque, justo en la dirección en la que Liam había huido. —Llévenla a casa —ordenó Marcus a los oficiales, con la voz cargada de un odio ancestral—. Yo me quedo aquí. El rastro todavía está fresco. Sara miró por última vez hacia la negrura de los árboles mientras la subían a la patrulla. Sabía que su padre mentía. Él no buscaba un animal; buscaba una ejecución. Y en lo más profundo de su pecho, ella sentía una punzada de angustia por la criatura de ojos ámbar, como si su propio corazón le gritara que ese "monstruo" era la única conexión real que le quedaba en ese mundo desolado. La cacería había pasado de ser profesional a personal. Marcus no solo quería limpiar el pueblo; ahora, la bestia había tocado a su hija Marcus se quedó de pie en mitad de la carretera, ignorando la lluvia que golpeaba su rostro y el frío que calaba en sus huesos. Sus ojos, entrenados durante años para detectar lo que otros ignoraban, no miraban el metal retorcido del coche de su hija, sino la negrura absoluta del bosque de Blackwood Falls. El oficial Méndez y los demás ya se habían marchado con Sara, pero el silencio que quedó atrás no era de paz, sino de acecho. —No fue un animal solitario —susurró Marcus para sí mismo, pasando la mano por la funda de su rifle de asalto. Él conocía los patrones. Había visto marcas de garras así en otros estados, en misiones que el público general jamás conocería. La forma en que la criatura había saltado sobre el techo del coche indicaba una agilidad y una inteligencia que ningún lobo común poseía. Pero lo que más le inquietaba era la frecuencia de los aullidos que había escuchado antes de llegar al lugar del accidente. No eran gritos aislados; eran llamadas y respuestas, una red de comunicación perfectamente coordinada. Sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo, un sensor térmico de grado militar, y lo activó. La pantalla mostró varios puntos de calor moviéndose con una rapidez antinatural a un par de kilómetros de profundidad en la espesura. —Están aquí —asintió Marcus, y una sonrisa amarga, casi depredadora, apareció en su rostro. —No es solo un intruso. Hay una manada establecida en esta zona. Como jefe de policía de Blackwood Falls, su deber oficial era proteger a los ciudadanos, pero como m*****o de la estirpe de cazadores, su verdadera misión acababa de recibir una prioridad máxima. Si había una manada, había un Alfa. Y si ese Alfa había atacado a su hija, aunque fuera por accidente, Marcus no se detendría hasta ver sus cabezas colgadas en el sótano de su nueva casa. Guardó el sensor y volvió a su patrulla, pero antes de subir, miró una vez más hacia los pinos. El olor a almizcle y bosque húmedo que Liam había dejado atrás flotaba en el aire. Marcus sabía que la batida que organizaría al amanecer no sería para buscar a un animal perdido, sino para iniciar una limpieza total. El pueblo de Montana estaba infectado, y él era el cirujano que iba a extirpar el tumor con balas de plata. —Disfruten de su última noche —dijo al viento, con la voz cargada de una promesa de muerte—. Porque mañana, el bosque será mío. Marcus arrancó el motor y se alejó, dejando atrás la carretera desierta, mientras en lo profundo de los árboles, los ojos de la manada lo veían partir, sabiendo que la guerra que habían intentado evitar finalmente había llegado a su puerta.
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