El Hades vibraba con una frecuencia que no era mecánica, sino puramente biológica. Desde el Trono de Silicio, el niño —ahora una entidad de datos y carne conocida como el Almirante— dirigía la flota de la Luna Negra con una precisión gélida. Las naves de la Orden, recubiertas de biomasa violeta, se movían en formación de pinza, disparando ráfagas de energía Siphoner que desgarraban el casco de los Carroñeros como si fuera papel mojado. El espacio exterior se iluminaba con explosiones silenciosas, flores de fuego que morían en el vacío. Sara permanecía en el centro del puente de mando, sintiéndose como un fantasma en su propia vida. Su hijo estaba allí, a pocos metros, pero su mirada estaba perdida en trillones de líneas de código que fluían por sus nervios. La voz de Elena, filtrada por l

