Liam pedaleó con una fuerza que nunca supo que poseía. Ignoró la última campana que marcaba el inicio de su clase de cálculo y salió del campus como si las sombras del bosque ya estuvieran pisándole los talones. Su mente era un caos de imágenes: los ojos ámbar del lobo, la mirada intensa de Sara y las palabras de Jace sobre rifles y batidas policiales. Al llegar a casa, frenó tan bruscamente que las ruedas de la bicicleta derraparon en la grava.
Entró en la casa vacía —su madre aún estaba en el hospital— y se encerró en el baño. Se apoyó contra el lavabo, jadeando. Al mirarse al espejo, lo que vio lo dejó paralizado. Sus ojos no eran los mismos; por un segundo, un destello dorado cruzó sus pupilas antes de volver a su marrón habitual. Su piel, antes cálida, ahora irradiaba un calor febril.
—¿Qué soy? —susurró, golpeando el espejo con el puño, pero sin llegar a romperlo.
Se sentía como una bomba de tiempo. El miedo a ser cazado por el padre de Sara se mezclaba con la extraña euforia que sentía su cuerpo. Necesitaba respuestas, pero por ahora, solo podía esconderse en la penumbra de su habitación, esperando que la noche no trajera consigo el hambre que empezaba a crecer en su estómago.
A pocos kilómetros de allí, la imponente patrulla de Marcus se detuvo frente a la nueva casa de los cazadores. Para Sara, esa construcción de madera oscura y techos altos se sentía más como una prisión que como un hogar.
Al cruzar el umbral, el olor a cera para muebles y al aceite de armas de su padre la recibió. Elena, su madre, estaba en la cocina organizando cajas, mientras Marcus dejaba su cinturón de policía sobre la mesa, con el rostro serio y cansado.
—¿Cómo fue el primer día, Sara? —preguntó Elena, tratando de forzar una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Hiciste amigos? ¿Es la universidad como esperabas?
Sara dejó caer su mochila con un golpe sordo, sintiendo que el nudo en su garganta se apretaba.
—Es un desastre, mamá —respondió con la voz cortada—. No me gusta el pueblo, no me gusta el clima y la gente me mira como si fuera un bicho raro. Quiero volver a casa. Quiero mi vida de vuelta.
—Esta es nuestra vida ahora, Sara —intervino Marcus con una frialdad que la hizo retroceder—. El mundo no es el lugar perfecto que crees. Aquí hay peligros que ni imaginas, y estoy aquí para asegurar que este pueblo sea seguro. Acostúmbrate.
Sin decir una palabra más, Sara subió las escaleras corriendo y se encerró en su habitación. Se lanzó sobre la cama deshecha, sintiendo que las paredes de madera la asfixiaban. Necesitaba una conexión con su pasado, algo que le recordara quién era antes de ser "la chica nueva en el pueblo de los lobos".
Agarró su computadora y marcó a Sofía, su mejor amiga, en una videollamada. Necesitaba oír su risa, que le contara los chismes de la ciudad, que le dijera que Thiago la extrañaba.
La pantalla parpadeó y la imagen de Sofía apareció. Pero no estaba en su habitación. Estaba en lo que parecía ser una fiesta, con música alta y luces tenues.
—¡Sara! ¡Hola! ¿Cómo va todo en el fin del mundo? —dijo Sofía, aunque su voz sonaba nerviosa, demasiado aguda.
—Sofía, no puedo más. Este lugar es horrible. ¿Cómo está todo por allá? ¿Has visto a Thiago? No me ha contestado los mensajes en todo el día...
De repente, la cámara de Sofía se movió bruscamente. Al fondo, en un sofá iluminado por una luz roja, Sara vio una silueta conocida. Su corazón se detuvo. Era Thiago. Estaba riendo, con una bebida en la mano, y tenía el brazo pasado sobre los hombros de una chica que Sara reconoció de inmediato: era su otra "mejor amiga", Valentina.
Mientras Sara miraba la pantalla sin poder respirar, vio cómo Thiago se inclinaba y besaba a Valentina con una pasión que nunca había mostrado con ella. Fue un beso largo, descarado, frente a todos.
—¿Sofía? —susurró Sara, con las lágrimas desbordando sus ojos—. ¿Qué es eso? ¿Por qué Thiago está haciendo eso?
Sofía se dio cuenta tarde de lo que la cámara estaba enfocando y trató de taparla con la mano, pero el daño ya estaba hecho.
—Sara, lo siento... yo... no sabía cómo decírtelo. Thiago dijo que con la mudanza todo había terminado. Él y Valentina... llevan un par de semanas viéndose a escondidas.
—¿Unas semanas? —el mundo de Sara se fracturó en mil pedazos—. Me mudé hace tres días, Sofía. ¡Me juró que me amaba! ¡Tú me juraste que me cuidarías!
—Sara, por favor, no seas dramática, la distancia nunca funciona...
Sara no esperó a escuchar más. Cerró la computadora de un golpe, sintiendo que el aire se escapaba de sus pulmones. El dolor fue tan agudo que físicamente le dolió el pecho. Estaba sola. Su novio la había traicionado con su mejor amiga, su otra amiga lo sabía y la habían dejado atrás como si fuera basura.
Se encogió en su cama, abrazándose las rodillas, sollozando en un silencio absoluto para que sus padres no la escucharan. En ese momento, la última luz de su vida anterior se apagó. Ya no tenía a nadie en la ciudad. No tenía amigos, no tenía amor, no tenía nada a lo que volver.
En medio de su llanto, la imagen de Liam cruzó su mente. Sus ojos salvajes, el calor de su piel cuando se rozaron en clase... era lo único real que le quedaba en ese pueblo maldito.
Sin saberlo, en dos habitaciones diferentes, Liam y Sara estaban unidos por el mismo sentimiento: el terror de haber perdido su humanidad y la devastación de haberlo perdido todo. La tormenta afuera finalmente estalló, y el primer trueno retumbó en las montañas, marcando el inicio de una noche donde el dolor se transformaría en algo mucho más peligroso.