| Inesperado |

1928 Words
POV Vladimir Mi corazón late con fuerza en mi pecho. Quiero hacerlo, quiero tomarla de la mano y decirle que no me casaré, pero no puedo, pienso en mi abuelo, en Melissa, sobre todo en Miriam. Fernanda empieza a caminar lejos de mi, y me doy cuenta que no puedo perderla. — Fernanda, espera…cancelaré la boda, dame unos minutos — digo, alejándome de ella, pero en mi interior sé que esto no puede esperar. Y, sin embargo, algo dentro de mí no me deja seguir adelante. Me doy la vuelta, sintiendo que cada paso que doy hacia la iglesia es más pesado que el anterior. Al llegar a la puerta de la iglesia, me detengo por un segundo, y entonces la veo. Melissa está allí, esperándome. Su rostro, normalmente radiante y lleno de dulzura, ahora tiene una expresión de inquietud. A su lado, Miriam, su madre, me observa en silencio, como si supiera que lo que está por suceder no tiene vuelta atrás. — Vladimir… — Melissa dice, su voz temblorosa, como si algo no estuviera bien. Mis manos se tensan involuntariamente. Hay algo en su mirada que me inquieta, algo que me hace dudar de todo lo que he estado por hacer. Mi garganta se siente seca, mi corazón late con furia, pero no puedo retroceder. No puedo mentirle más a Melissa. No puedo seguir engañándola. — Melissa, tengo que hablar contigo — mi voz se escucha firme, pero mi interior está en caos. Miriam da un paso adelante, su rostro implacable, pero con una sombra de preocupación en sus ojos. — Vladimir, ¿qué pasa? ¿de dónde conoces a Fernanda? — Miriam pregunta, y aunque su tono es suave, hay algo en su mirada que me pone alerta. Decido no contestar su pregunta, no hasta que todo esté claro en mi cabeza. — Melissa, Miriam tenemos que cancelar la boda — las palabras salen de mi boca como un suspiro, pero tan cargadas de significado que siento que todo a mi alrededor se congela. La reacción de Melissa es inmediata. Su rostro se llena de incredulidad, luego de dolor, y en un parpadeo sus ojos se llenan de lágrimas. Se acerca rápidamente, buscando mi mirada, como si no pudiera comprender lo que acabo de decir. — ¿Qué? — su voz es un susurro, pero lo dice con tanta intensidad que casi siento que me atraviesa. — ¿Cómo… cómo puedes decir eso? Amor… ¡Estábamos a punto de casarnos, Vladimir! ¡Lo prometiste! ¡Lo juraste! Mis manos se cierran en puños, pero mi mirada permanece fija en ella. No quiero verla sufrir, no quiero herirla, porque aunque no lo admita ante Fernanda, Melissa estuvo ahí, en el peor momento de mi vida, la quiero, la quiero mucho, pero no la amo, por eso no puedo seguir con esta farsa. Ya no puedo arrastrarla a una vida sin amor. — Lo siento, Melissa. No puedo casarme contigo. No te amo. Nunca te he amado — las palabras suenan como un golpe seco en el aire, como si una bomba hubiera explotado entre nosotros. Se que no debo decirle esto, pero quizá sea la única manera que lo entienda. Ella vacila, parece que el mundo entero se desmorona a su alrededor. Me toma un momento, pero cuando sus ojos se llenan de lágrimas, siento que mi pecho se aprieta. — ¿Cómo…? — comienza a decir, su voz rota. — ¿Cómo puedes decir eso? Después de todo lo que hemos pasado juntos, después de todo lo que hemos construido… Miriam, observando todo desde un costado, se acerca a su hija y la toma del brazo. No sé si está buscando consolarla o simplemente sujetarla, como si temiera que la realidad la derrumbara. — Esto no es lo que esperábamos, Vladimir — dice Miriam, y aunque sus palabras son calmadas, la furia en sus ojos es evidente, pero no puede hacer más que sostener a Melissa quien se inclina de dolor — ¡No puedes hacer esto! ¡Se lo prometiste a tu abuelo! Lo sé. Lo sé. Pero no puedo seguir con este matrimonio. Tengo que tomar una decisión, y esa decisión está frente a mí. — Lo siento, pero ya no puedo seguir con esto. No puedo seguir engañándome a mí mismo ni a ustedes, siempre las voy a cuidar, siempre las voy a proteger — Volteo a ver a Miriam y le digo con seguridad — Miriam, yo cuidaré de Melissa cuando no estés y se que habrá un hombre bueno que la amara como yo no pude amarla — Hago una pausa, tratando de que las palabras no me quemen la garganta. — La boda se cancela — digo lo suficientemente fuerte para que todos los invitados me escuchen y antes de que más personas me pregunten, empiezo mi camino hacia la salida. Melissa intenta dar un paso hacia mí, pero me aparto con suavidad. No quiero herirla más, pero no hay marcha atrás. — ¿A dónde vas? — me pregunta, su voz quebrada por el dolor. Le doy una última mirada, decido no contestar. No hay nada más que pueda decir. Me doy la vuelta y empiezo a caminar hacia la salida, hacia lo que sé que debo hacer. Las puertas de la iglesia se cierran detrás de mí, y siento que un peso se aligera de mi pecho. Pero no es suficiente. Todavía no es suficiente. Vuelvo hacia el lugar donde dejé a Fernanda pero no la encuentro. Corro hacia mi coche, con la mente enloquecida, pero al mismo tiempo un remolino de esperanza empieza a crecer en mi interior. Necesito encontrarla. Necesito ver a Fernanda, hablar con ella, aclarar todo lo que pasó. — Fernanda! Sube — digo y ella asiente con la cabeza y sube a mi auto — ¿Dónde te estás quedando? — pregunté — En el departamento de Senna — responde y al pensar en Senna una sonrisa se forma en mi rostro, es una buena amiga. Gracias a ella es que pude conocer a Fernanda. Cuando llegamos a su departamento, siento que el tiempo se detiene. El silencio en el aire me envuelve, pero la necesidad de sentirla cerca de mí es más fuerte que cualquier cosa. — Fernanda… — susurro, sintiendo que por fin, después de todo este tiempo, me he librado de la mentira — Quiero que estemos juntos, que continuemos nuestra historia. Ella me observa en silencio, sus labios entreabiertos, pero no dice nada. Solo me mira, como si esperara que yo diera el siguiente paso, como si esperara que demostrara que no todo está perdido. Y entonces, sin pensarlo más, tomó su rostro, no con delicadeza, no con dulzura, con ambas manos, firme, con la urgencia, con fuerza. Mi boca busca la suya, y cuando la encuentro, la beso con todo lo que tengo dentro. No hay control, no hay mesura. Solo pasión, vehemencia, y la necesidad desesperada de volver a sentirla mía. Fernanda al principio se tensa. Siento cómo su cuerpo vacila, cómo sus manos se quedan suspendidas en el aire, dudando. Tal vez piensa en lo que pasó, en lo que dolió verme en el altar con otra mujer, en el tiempo que no estuvimos juntos. Pero a pesar de todo no se aparta. Yo no paro. No puedo. La acerco más, más aún, hasta que su pecho choca con el mío y su respiración se entrecorta. Mi calor la envuelve, y sé que lo siente. Sé que debajo de su resistencia todavía late ese deseo salvaje que siempre nos unió. Mis labios se mueven con hambre, con rabia, con amor contenido. Fernanda emite un leve sonido, un gemido que no logra reprimir, y entonces lo sé: ya no está luchando. Sus manos me toman por la nuca, sus dedos se hunden en mi cabello, y me besa de vuelta. El aire entre nosotros se vuelve denso, eléctrico. Su boca, su cuerpo, su entrega… es como si nos estuviéramos reclamando el uno al otro después de haber sido desterrados del mismo paraíso. — Dime que aún me sientes — le murmuro contra los labios, con la voz rota — Dime que esto no murió. Ella me mira con los ojos brillantes, el pecho subiendo y bajando rápido, y aunque no responde con palabras, su beso siguiente lo grita todo. Sí. Está ahí. Todavía somos nosotros. Aunque duela. Aunque cueste. Aunque tengamos que reconstruirnos desde las ruinas. Su vestido rojo cae al suelo con un susurro leve, casi como un secreto compartido entre los dos. La observo, por un instante, como si el tiempo se hubiese congelado solo para mí. Su cuerpo, que conozco mejor que el mío, ha cambiado con los años, pero eso solo la hace más real, más mujer, más mía. Sigue siendo ella. La única. La que me desarma con una mirada, la que me devuelve a la vida con una sola caricia. Me acerco y la acomodo con cuidado sobre la cama. Sus ojos me siguen, profundos, pacientes, como si esperara a que yo tome el control… pero no por sumisión, sino porque siempre ha sabido rendirse con dignidad. Porque su entrega no es debilidad, es un acto de confianza. De amor. Siempre fue así. Desde aquella primera vez. Ella mirando en silencio, como si observara el fuego sin quemarse, mientras me permitía perderme en su cuerpo. Y ahora está ahí, de nuevo, su mirada tranquila mientras yo me desarmo ante ella. —No esperes más — susurra contra mis labios. Pero no puedo… no todavía. — Quiero que sepas cuánto te he extrañado — respondo, bajando mis besos por su cuello, por sus hombros, por cada centímetro de su piel. Sus manos acarician mi espalda mientras me quito la ropa, despacio, sin romper la conexión de nuestras miradas. Quiero que cada beso la haga recordar quiénes fuimos, quiénes somos. Quiero que su cuerpo sepa que todavía la deseo, no como antes… sino más. Porque ahora la amo con el alma rota, con las cicatrices abiertas, con la certeza de que si la pierdo otra vez, no habrá regreso posible. Y esta noche, mientras la recorro con la boca, mientras me pierdo en su calor, prometo con cada beso lo que no me iré. Que esta vez, me quedaré para siempre a su lado. ………. Me despierta el sonido insistente del teléfono vibrando sobre la mesita de noche. Parpadeo un par de veces, confundido, hasta que recuerdo dónde estoy. A mi lado, Fernanda duerme profundamente, con el cabello alborotado sobre la almohada, su cuerpo desnudo cubierto apenas por la sábana. Su respiración tranquila contrasta con el torbellino de emociones que me atraviesa. La observo un instante, sin poder evitarlo. Su piel aún conserva el calor de todo lo que compartimos esta noche, de las veces que la amé como si con eso pudiera recuperar el tiempo perdido. Me duele lo mucho que la he extrañado. El teléfono sigue sonando. Lo tomo con desgano, sin apartar completamente la mirada de Fernanda. Contesto con voz baja: —¿Hola? —Vladimir… —bla voz de Miriam al otro lado suena alterada, al borde del llanto. Hay algo en su tono que me pone alerta al instante. Me incorporo, alejándome un poco de la cama sin hacer ruido para no despertarla. —¿Qué pasó? —pregunto, ya con el pecho apretado. —Es Melissa… estamos en el hospital. Tuvo una hemorragia fuerte… y… — hace una pausa para respirar, como si las palabras le pesaran — Está embarazada, Vladimir. Iba a decírtelo esta noche.
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