| Un Ángel |

1262 Words
POV Fernanda Abrí el expediente con manos firmes. Melissa Smith. Claro, debí imaginarlo. Se casaron por civil antes de la boda religiosa. El informe médico era claro: hemorragia interna ya controlada, una hernia estomacal que debía corregirse quirúrgicamente, y sí… estaba embarazada. De catorce semanas. El bebé estaba bien. Todo parecía bajo control, algo simple dentro de lo complejo. Minutos después, entré a la sala. Melissa estaba sobre la camilla, conectada al monitor, lista para la operación. Al verme, sus ojos se abrieron con sorpresa… y miedo. — No le hagas daño a mi bebé — dijo con una voz temblorosa, casi teatral. ¿Y si quisiera hacerle daño a ella? ¿A la mujer que me robó todo? Pero no podía. No cuando la vida de un inocente dependía de la suya. — Soy la única cirujana disponible en este momento — dije, poniéndome los guantes con calma —. O te opero yo… o que te lleven a otro hospital. — Vladimir, mi esposo puede operarme — dijo y no puedo decir que no me dolio cuando llamo a Vladimir “su esposo” pero no puedo dejar que esto me afecte. — Él es cirujano plástico. Hubo un silencio breve. Luego su voz, dulce, falsa, calculada: — Está bien. Confiaré en ti. Pero cuida a mi bebé, por favor, Fernanda. No le respondí. Solo asentí con frialdad y me enfoqué en lo que tenía que hacer. …………. La sala de operaciones era mi santuario. Aquí, el ruido se apagaba. Las emociones quedaban fuera. La anestesia fue administrada sin complicaciones. Melissa cerró los ojos, y el monitor comenzó a marcar su ritmo cardiaco, suave y estable. — Empezamos — dije al equipo, mi tono firme. Hice la primera incisión con precisión. Piel, grasa subcutánea, músculo. Capa por capa. Los asistentes estaban atentos, cada instrumento en mi mano llegaba justo cuando lo necesitaba. — Pincita — pedí — Succión. La hernia estaba justo donde el informe decía. Había presión, pero el sangrado estaba controlado. — Está estable — informó la anestesista — El bebé también. Hice las reparaciones necesarias con la concentración de quien se está jugando la vida propia. Porque, en cierto modo, me la estaba jugando. No solo por Melissa, no solo por el bebé. Por mí. Por lo que me queda de dignidad. Por lo que aún soy. — Sutura. Cierre por planos — Mi voz no temblaba. Mientras cerraba la incisión, vi el corazón del monitor latiendo parejo. Todo estaba bien. — Terminamos — anuncié. Alguien dijo “buen trabajo”, pero no registré quién. Me quité los guantes con calma, dejé caer la bata quirúrgica a la bolsa de desecho. Salgo del quirófano con el cuerpo entumecido y la mente hecha pedazos. La operación fue un éxito, el paciente está estable… pero siento que algo dentro de mí no lo está. Camino directo hacia mi oficina sin decir una palabra. Necesito estar sola. Necesito silencio. Necesito respirar. Se que afuera, en algún pasillo, me esperaba Vladimir, pero yo ya no tengo fuerzas para mirarlo otra vez. Cierro la puerta con un leve empujón y me dejo caer sobre el sillón. Siento el peso de la bata, del día… de todo. Me recuesto hacia atrás, cerrando los ojos solo por un instante. El trabajo está hecho. Otra vida salvada. Otra carga emocional que nadie ve. Entonces, tocan la puerta de mi consultorio. Me tenso. Sé quién podría ser. Mi mente dibuja la figura de Vladimir al otro lado, dudando si entrar, buscando una excusa para hablar conmigo. No estoy lista. No para sus palabras ensayadas. No para escucharlo decir que se quedará con Melissa, “porque es lo correcto” o “ es lo que debe hacer”. — No quiero hablar ahora — digo, sin levantarme. La puerta se abre igual. Y cuando lo veo, la tensión se disuelve al instante. Ángel. — Hola, Fernanda… o ¿todavía puedo decirte Vicky? — saluda con esa voz cálida y burlona que siempre me ha hecho sentir a salvo — ¿Qué haces trabajando si todavía no piensas con claridad? — Ángel… — respondo con una sonrisa, aliviada — No sabía que estabas en Los Ángeles ¿Que haces aqui? — Te busqué en el departamento, pero encontré el piso vacío. Así que me pregunté… ¿dónde más estarías si no es en el hospital? Parece que no vas a dejar esa adicción al trabajo. Camina hacia mí con esa calma suya, como si nada lo pudiera alterar. Lleva años siendo el abogado de la familia. El mejor amigo de mi padre adoptivo. Y en este último año, se ha vuelto mucho más que eso. Ha sido mi soporte. Mi refugio. Un faro cuando todo se volvió oscuro. La investigación nos unió. Me acompañó cuando mis padres adoptivos me pidieron que me olvidara de todo, ellos no quisieron involucrarse. Los entiendo, ellos siempre han querido que yo sea feliz, y lo estaba consiguiendo. Pero la sombra del pasado me encontró cuando supe de la boda de Melissa. Ángel no me juzgó. No me pidió explicaciones. Me escuchó y eso bastó para que decidiera tomar mi caso. — ¿Cómo estás? — pregunta, dejando un vaso de café de Starbucks sobre mi escritorio, como si adivinara que no he comido nada desde la mañana. — Cansada — murmuro, tomando el vaso entre las manos — Pero viva. — Eso ya es bastante — responde con una sonrisa leve — ¿Puedo sentarme? Asiento, y él toma la silla frente a mí, cruzando la pierna con naturalidad. Su sola presencia calma el torbellino que tengo dentro. Con él, todo es más claro. Menos doloroso. — Vladimir está aquí, ¿ya lo viste? — pregunta con voz baja. Asiento con la cabeza, pero no quiero dar más detalles de lo que pasó entre nosotros. — Acabo de operar a su esposa — respondo, sin poder evitar el veneno que se esconde en mis palabras. — Entonces llegaste tarde — dice, sin juicio, solo con una melancolía compartida. Asiento. Ángel se pone de pie en silencio, abre los brazos y me mira con esa ternura que pocas veces deja ver. Me levanto sin pensarlo y me lanzo a sus brazos. Me envuelve con fuerza. — Está bien llorar, pequeña — susurra, y eso es todo lo que necesito para que mis defensas se rompan un poco más. — Siento que he pasado toda mi vida llorando — susurro contra su hombro — ¿Acaso debí volver antes? — No lo sé, Fernanda, siempre he creído que las cosas pasan por algo. Quizá él no era tu destino. Ahora dime qué quieres hacer… y yo estaré aquí para ayudarte. — ¿Te quedarás? — pregunte, alzando la mirada hacia él. — Sí — asiente sin dudar. — ¿Y Alma? — Una mueca aparece en su rostro cuando le pregunto por su novia. Su relación andaba mal, pero siempre era así cuando el padre del hijo de Alma aparecía. No se si era inseguridad de parte de él, o si ella le daba razones para desconfiar. — Parece que no estoy destinado a casarme — dice alborotando mi cabello. Le sonrío. Él también lo hace, como si compartiéramos una tristeza que solo nosotros entendemos. Por un momento nos quedamos así, cerca, en silencio. Un respiro en medio del caos. Hasta que la puerta se abre de nuevo. Y ahí está él. Vladimir. Detenido en el umbral, observándonos. Con los labios apretados. Con algo en los ojos que no alcanzo a descifrar.
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