Devon
El delicioso aroma a café danza en el aire con las estelas invisibles de los demás aromas dulces de los postres y las galletas que se exhiben en los mostradores de cristal de la que se ha vuelto mi cafetería favorita en el pueblo.
—Aquí tiene, señorita —. La amable chica del otro lado del mostrador me tiende mi paquete con galletas de chocolate y nueces, mis favoritas, y dos humeantes cafés con toques de vainilla. Le agradezco y, luego de pagarle por la orden, me despido con una sonrisa.
En cuanto estoy fuera, el ambiente cálido y reconfortante de la cafetería queda en el olvido, cuando el frío otoñal del exterior me recibe y una brisa fresca mueve mis cabellos.
Hace más frío de lo usual por la lluvia que cayó durante la mañana, cubriendo el cielo de nubes grises y humedeciendo las hojas caídas sobre la acera que ya no crujen bajo mis botas mientras avanzo hacia la camioneta.
Lawrence, al verme salir, abre la puerta para mí y me ayuda sosteniendo los cafés mientras me subo en los asientos traseros. Cuando ambos estamos dentro enciende la calefacción y yo le entrego unas galletas y uno de los cafés.
Me da uno de sus No era necesario, señorita Brooklyn de siempre, cada vez que me trae al pueblo exclusivamente por café y galletas, y yo no puedo evitar comprarle algunas porque hace frío y no viene mal. Además privar a más personas de estas deliciosas galletas sería un pecado.
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De regreso a la mansión, me recibe el mismo silencio sepulcral únicamente interrumpido por mis pasos sobre la madera. Las luces aún no están encendidas por lo que supongo debo ser la única persona en la propiedad.
El azul hielo que comienza a teñir el cielo es una señal de que está comenzando a atardecer y en cualquier momento tendremos un profundo cielo nocturno.
La propiedad aún reluciente, rebosante de lujos y comodidades, parece carente de vida, de la calidez de una familia. Las fotografías enmarcadas encapsulan recuerdos de un pasado del cual parece ya no quedar nada.
Nathaniel pasa sus días fuera o en la oficina. A Cole solo lo ví un par de veces saliendo de la propiedad yéndose en un precioso Ferrari n***o a la universidad, o en Brighton con su uniforme desarreglado y su expresión de molestia en su rostro cansado. Tiene una belleza melancólica sobre la cual escriben los poetas, la cual es solo una trampa porque en realidad es frío y filoso como metal recorriendo tus venas, como una espada de doble filo.
Me pregunto qué tan diferente fué cuando su madre aún continuaba con vida. Incluso sin haberla conocido, sé que la mansión sin su presencia se siente… algo ajena. En las fotografías que conservan de ella se ve el recuerdo de una mujer elegante, bonita y dulce que amaba a sus pequeños. De seguro envolvía de vida la propiedad con ese aura cálida y maternal.
Me encamino directamente a mi habitación para ponerme cómoda para estudiar para mi primer examen del año. Organizo mis horarios para poder estudiar y repasar todos mis apuntes para sacar la mejor nota posible sin dejar nada para último momento.
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Cuando estoy terminando de estudiar veo que hay un libro que no tengo y me reprocho a mí misma el haberlo olvidado dentro de mi casillero, pero entonces recuerdo que hay una enorme biblioteca en la propiedad en la que seguro lo encontraré. Así que me calzo nuevamente y salgo rumbo a la biblioteca.
La biblioteca es enorme y huele a madera nueva, está repleta de libros y es como el paraíso para cualquier amante de la lectura. Avanzo entre los estantes buscando la sección donde podría encontrar el libro que necesito, cuando termino divagando en la majestuosa habitación.
Me encuentro con un libro solitario descansando sobre una pequeña mesa entre dos sofás individuales enfrentados frente a uno de los ventanales que, por su ubicación, dan al infinito terreno verde detrás de la propiedad. Mi curiosidad me lleva a avanzar, lo tomo y leo el título en su portada: Le petit prince.
Es una versión original francesa de El principito. Es simplemente precioso, un verdadero tesoro.
Cuando lo abro para ver su interior, me encuentro con un pequeño y tierno detalle, una dedicatoria. Pero no solo eso, también una versión miniatura de la fotografía de la señora Heaston dejando un beso en la mejilla a un pequeño Cole.
En una perfecta y delicada letra cursiva se lee:
"Para mi pequeño Cole:
Siempre serás el príncipe de mamá.
Te amo."
Entonces el libro es arrebatado de mis manos bruscamente. Me hielo al ver de quién se trata y por la forma en que sus ojos grises parecen dagas intentando clavarse en mi alma, sus cejas azabache al igual que los bosques que forman sus espesas pestañas alrededor de sus ojos vuelven su mirada aún más sombría.
—Lo siento —murmuro, refiriéndome al hecho de haber tomado algo tan personal, a pesar de no saber que era suyo.
—No puedes ir por ahí tocando lo que no es tuyo —su voz fría y dura como un témpano de hielo.
Mis cejas se fruncieron. Estoy pidiéndole perdón por haber invadido su privacidad, pero no es mi culpa, ¿por qué es tan mordaz? A pesar de las palabras de Masen comienzo a sentir que sí puede tratarse de algo personal, aunque no tenga sentido porque no le hice nada. Pues lo siento por él pero lo que sea que tenga en mi contra tendrá que soportarlo porque estaré aquí todo un año.
Me cruzo de brazos endureciendo mi mirada, —¿Sabes? Eres más amable cuando no hablas.
Abandono la biblioteca siendo capaz de vislumbrar la forma en que su mandíbula se tensa ante mi comentario, pero simplemente lo ignoro mientras regreso a mi habitación sin mi libro y con una molestia latiendo bajo mi piel.
Puedes ser antisocial y malhumorado pero, ¿qué hice yo para que me tratara así? Como si fuera una plaga que quiere fuera de su territorio. Si es así con todos ahora entiendo por qué perdió a sus pocos amigos.
Mientras discuto en mi mente conmigo misma, escucho algo que me hace detenerme en medio del desierto pasillo. Es la voz de Nathaniel pero no distingo qué está diciendo. Lo dudo un momento pero finalmente termino acercándome a la puerta de la que es su oficina, atraída por la curiosidad que despierta el escucharlo en un tono tenso como si estuviera conteniendo molestia.
—¿Revisaste los cargamentos? —. Nadie responde así que deduzco que habla por teléfono—. Debes marcarlos, porque un solo error… —parece advertir. Luego de un momento de silencio se escucha un murmullo que parece una maldición—. Debo ocuparme de todo yo porque ustedes son unos malditos ineptos —mis ojos se abren ante la forma abrupta en la que no lo había escuchado hablar antes—. Estaré allí en diez minutos.
Cuando percibo sus pasos moviéndose por la oficina, me regreso para esconderme detrás de una de las paredes de la esquina. Escucho la puerta abrirse y luego cerrarse y entonces me asomo ligeramente para verlo alejarse a paso rápido mientras se pone una chaqueta negra, pero en ningún momento se percata de mi presencia.
Me quedo de pie detrás de la esquina del corredor, con la mente invadida por incógnitas y sospechas. ¿Con quién habrá estado hablando? ¿A qué cargamentos se refiere? ¿Por qué de pronto estaba tan alterado? ¿A dónde se dirige tan tarde y con tanta urgencia? No me olvido sobre la noticia del hombre de la gala que apareció muerto y las miles de dudas que despertó en mi mente como, ¿qué conexión tendría él con Nathaniel?
Allí de pie, me veo en medio de dos opciones: Ignorar el presentimiento que late en el fondo de mi subconsciente o adentrarme y ver si encuentro algo para confirmar si mis sospechas tienen fundamentos.
Por como lo veo, ignorarlo no es mucho una opción. Conociendome continuaré dándole vueltas en la noche cuando al cerrar los ojos solo vea al hombre muerto con el que Nathaniel había hablado.
A sabiendas de lo imprudente y arriesgado que es, pero arrastrada por el bicho de la curiosidad y mi corazonada de detective de que algo puede estar sucediendo, termino adentrandome en la oficina de Nathaniel, no sin antes dar un vistazo en ambas direcciones para verificar que nadie pueda atraparme.
La oficina de Nathaniel huele a madera y al cuero de los elegantes asientos frente a su escritorio. Está impoluta y no parece haber nada fuera de lo común. Me adelanto, tratando de no tocar nada y hacer el menor ruido posible, no solo para no alertar a nadie que pase por el corredor, sino también para escuchar a alguien acercarse.
De pronto los nervios me revuelven el estómago. ¿Qué carajos estoy haciendo?
Me veré arruinada si me encuentran husmeando las cosas privadas del señor Heaston. Me digo a mi misma que solo estoy imaginando cosas y ahora estoy haciendo algo impropio de mí. O de una persona mínimamente educada.
Pero entonces llego al escritorio, es lo único desordenado de la oficina. Hay un vaso de whiskey a medias, una computadora bloqueada y varios papeles esparcidos. Me inclino y veo un listado de artículos como cuadros y otros objetos, de los cuales algunos están marcados en rojo. Eso llama mi atención.
Este estúpido presentimiento va a terminar haciendo que me atrapen. Estoy enloqueciendo, sí, definitivamente. ¿Quién carajos me creo? ¿Sherlock Holmes? Todo está en mi imaginación.
Debajo de uno de esos papeles hay una nota más pequeña de la cuál sobresalen números en color rojo. Sin poder evitarlo, la tomo y leo una serie de números que parecen ser coordenadas. Por el mismo motivo irracional y estúpido que me llevó a meterme donde no debo, termino sacandole una fotografía con mi móvil.
Si reviso esas coordenadas y descubro que no son nada importante, dejaré esta locura sin sentido atrás. Debe haber una explicación para la conversación de la gala y sin duda alguna no la conseguiré revisando cosas ajenas. Pero quizás este papel me demuestre lo contrario.
Saca tu trasero de aquí, Miss Marple.
Asomo la cabeza por la puerta para ver que no haya nadie fuera y entonces salgo de la oficina. Me siento observada mientras avanzo por el corredor vacío, y sé que es la sensación de culpabilidad por la tontería que acabo de hacer.