Un grito ahogado escapó de la garganta de Lily antes de que lo ahogara en su almohada. Él era tan grande, estirándola deliciosamente y llenando un profundo vacío que había sentido por él durante meses. Se quedó quieto un instante, completamente dentro de ella, como si saboreara el apretado y húmedo abrazo de su cuerpo. Entonces comenzó a moverse. No fue suave. Fue crudo, apasionado y profundo. Cada embestida le quitaba el aliento, empujándola con fuerza contra el colchón. Sus manos se aferraban a sus caderas, sus dedos hundiéndose en su carne, manteniéndola firme para su implacable embestida. El golpe de piel contra piel, el crujido de los muelles, sus gemidos roncos en su oído, era una sinfonía de placer prohibido. Podía sentir cada relieve y vena de su pene mientras entraba y salía de s

