El que parecía el líder levantó las manos, como diciendo “tranqui, tranqui”. Murmuraron algo entre ellos, se metieron en el coche y cerraron las puertas. Amina entró en la tienda, activó el surtidor desde dentro y les dejó echar gasolina. Pagaron con una aplicación en el móvil, sin bajar del coche. Se fueron quemando rueda, gritando algo que sonó a insulto y haciendo gestos obscenos con la mano por la ventanilla. Yo dejé la barra en la furgoneta, respirando fuerte. Amina salió de la tienda, me miró un segundo largo y luego se acercó. —Gracias —dijo, la voz más baja que nunca—. No tenías que hacerlo. Sé defenderme, pero… tres son muchos. No respondí. Solo asentí. Ella señaló el surtidor.—Llena lo que necesites. 30 euros, así no tienes que dar explicaciones en casa. Me acerqué a la bom

