Papá se levantó de encima de mí y se puso de pie, su polla dura rebotando frente a él, mojada con mis jugos. Corrí hacia el otro lado del sofá y me levanté también. "No puedo creer que estuvieras violando a nuestra pequeña hija, maldito enfermo. Voy a llamar a la policía ahora mismo", dijo mientras sacaba su teléfono. "No", dije mientras avanzaba, pasando a papá y arrebatándole el teléfono de la mano. "¿Qué carajo?" Mamá jadeó sorprendida. "Papá no me estaba violando", le dije. "¡Devuélveme mi teléfono!" gritó. "¡Mamá, escúchame!" grité. Ella dio un paso atrás, con el ceño fruncido por la confusión. Sin pensarlo mucho, le dije: «Mamá, gracias por defenderme, pero lo has entendido todo mal. Los quiero a ti y a papá, pero, mamá, no lo estás haciendo feliz. Lo has estado descuidando»

