Observo con horror cómo la cosa (claramente un perro, y uno muy feo) se lanza y, ni siquiera me lo imagino, hace una voltereta hacia atrás antes de aterrizar en nuestra piscina con un fuerte chapoteo. —¡¿De dónde demonios has salido, bestia?! —grito, corriendo hacia la piscina, pero procurando mantenerme a una buena distancia de esa cosa embarrada, no sea que decida morderme y contagiarme la rabia. -¡Sal de ahí ahora mismo, perro sucio! Dios sabe que no soy fanático de las criaturas peludas, especialmente de una con habilidades de espalda a nivel olímpico. Sus pequeños ojos negros me miran con dulzura, llenos de travesuras. "Escúchame. Te juro que te lanzaré esta piedra a esa cabeza carnosa si no..." "¿Max?" llama una nueva voz. Me congelo cuando aparecen unos pies sucios en nuestra

