Tosió y tosió otra vez. —El aire está seco aquí —se disculpó. —No lo estaba. —Eso… aaah… siéntate un poco más cerca de mi rodilla, estás aplastando a papá con tu trasero. No era la primera vez que sentía que papá se ponía duro debajo de mí y yo permanecía inmóvil. —Hija… —me seguía implorando. —El sueño fue tan real —confesé, y puse mis manos en su cuello—, y como no viviremos lo suficiente para ver máquinas del tiempo, ¿crees que podrían haber sido nuestros antepasados, tratando de comunicarse conmigo para decirme que está bien coquetear un poco con mi papá? Sonreí y bajé la mano por su cuello hasta el interior de su camisa. —Mmm, tienes el pecho muy duro. —¡Detente! —se rió torpemente, pero luego se quedó en silencio cuando mi mano bajó. —¡Tienes las manos heladas! —¡Sí! Creo qu

