Francisco la miró a los ojos, buscando algún signo de arrepentimiento, pero solo encontró deseo. El silencio entre ellos era denso, cargado de electricidad estática, como si el aire mismo supiera que estaban cruzando una línea de la que no habría retorno. Jessica seguía sentada en la falda de su padre, su cuerpo apenas cubierto por el encaje n***o que se pegaba a su piel como una segunda dermis. Podía sentir el calor de Francisco a través de la tela de su pantalón, esa tensión masculina que ya no podía ocultarse. Fue él quien rompió el último vestigio de cordura que los separaba. Con un movimiento instintivo, casi animal, desabrochó su pantalón y liberó su m*****o, que emergió imponente, grueso y venoso, palpitando con necesidad. Jessica contuvo el aire en sus pulmones. Había visto un

