La carretera serpenteaba bajo las ruedas del auto mientras Francisco conducía con una mano, la otra descansando con posesividad sobre el muslo desnudo de Jessica, justo donde la falda gris se levantaba lo suficiente como para dejar ver el borde de sus bragas blancas con conejitos. Cada vez que sus dedos se deslizaban más arriba, rozando la delicada tela que cubría su intimidad, Jessica contenía un gemido, sintiendo cómo la humedad se acumulaba entre sus piernas. El viaje había durado más de una hora, pero el tiempo parecía haberse detenido para ella, suspendido en la anticipación de lo que su padre tenía planeado. —Llegamos —anunció Francisco de pronto, estacionando frente a un bar de carretera iluminado por neones rojos y amarillos que parpadeaban como ojos borrachos. Jessica miró el

