La luz matinal se deslizaba por su piel blanca como leche, resaltando cada curva, cada pliegue, cada rincón de su anatomía. Su largo cabello n***o caía en cascada por su espalda, el contraste con su tez la convertía en una visión irresistible, como una diosa salida de un sueño erótico. Llevaba puesta solo una diminuta tanga color morado, de tela casi transparente. La parte trasera se hundía profundamente entre las dos mitades de su culo redondo y carnoso, haciendo que su cuerpo pareciera aún más provocador. Por delante, el pequeño triángulo apenas alcanzaba a cubrir la humedad de su coño que seguía presente entre sus labios íntimos, dejando poco a la imaginación. Se levantó por completo de la cama y caminó con pasos lentos hacia el espejo, sabiendo y disfrutando lo que era: una fantasía

