—¿Qué… qué mierda…? —alcanzó a murmurar, pero su voz carecía de fuerza. No sonaba enojada. No del todo. Jorge, aún con el m*****o en la mano, no se movió. Por un instante, se sintió atrapado en ese silencio tenso, donde lo prohibido y lo accidental chocaban como olas violentas. Él también la miraba. El vapor dibujaba su cuerpo tras la cortina mojada: las tetas tensas, las nalgas apretándolas, el agua bajando y pasando por su coño… y la respiración que no era de susto, sino de algo más profundo. Deseo contenido. Instinto. Y una puerta que, sin querer, ambos acababan de abrir. —No puede ser… —murmuró Daniela, incorporándose de manera casi instintiva dentro de la ducha. Sus palabras no eran de enojo ni de escándalo, sino de asombro genuino, como si estuviera presenciando algo extraordinario

