Con una mano le sujetaba con firmeza la base, intensificando cada embestida bucal, y con la otra acariciaba y apretaba sus testículos, sincronizando el tacto con la intensidad de la succión. Él apenas podía mantenerse en pie, sujetándose del lavabo, jadeando, mientras el placer lo atravesaba con una fuerza brutal. Ella no se detenía. No le daba tregua. Cada movimiento era más rápido que el anterior, más hambriento, como si estuviera devorando su esencia, dispuesta a exprimir hasta la última gota de su control. Jorge, quien no había tenido intimidad con su esposa en mucho tiempo, ahora estaba recibiendo una felación brutal, casi salvaje, por parte de su hija, Daniela. De pie, la observaba desde arriba, con el pecho agitado y la mente nublada por la lujuria. El calor del baño, el eco de lo

