En un instante de sudor y respiraciones entrecortadas, Jorge soltó la mano que la sujetaba, y el torso de Daniela se inclinó hacia adelante, como buscando aire y un nuevo ritmo. Fue ella quien, con una mezcla de determinación y deseo, recuperó el control. Sin romper la conexión entre su coño y el pene de su padre, comenzó a montarlo, hundiendo su sexo en el falo de Jorge mientras mantenía el torso inclinado hacia adelante, una postura que aumentaba la tensión entre ambos, haciendo que cada movimiento fuera una descarga de electricidad pura. Desde esa posición, Jorge pudo admirar en todo su esplendor el culo enorme de su joven hija. “Lo tiene igual de grande que el culo de mi madre”, pensaba él. Sus nalgas, generosas y carnosas, se movían con una sensualidad casi hipnótica. La piel blanca

