Sus ojos se abrieron como platos al ver la escena, el corazón latiéndole en la garganta con un pulso salvaje que ahogaba cualquier palabra inicial, un torrente de sangre que hacía que sus venas se hincharan en las sienes y un calor traidor se extendiera por su vientre, traicionando su shock con un cosquilleo húmedo entre las piernas que la avergonzaba en lo más profundo. Allí estaba su hija Daniela, de 19 años, la niña que había acunado en brazos temblorosos durante noches de fiebre infantil y vestido con ropita inocente para fiestas de cumpleaños, ahora transformada en una visión obscena de madurez carnal, una sirena de curvas pecaminosas que yacía en el suelo apoyada en manos y rodillas sobre las baldosas frías y resbaladizas, el peso de su cuerpo joven y voluptuoso presionando las tetas

