—Marina… amor… espera. Déjame explicarte. Hace años que… que tú no quieres. Me rechazas siempre. Dices que te duele, que soy demasiado grande. Llevo meses, años sin tocar a una mujer. Mis huevos están tan llenos que duelen. Y Daniela… ella… ella me vio y… —balbuceó Jorge con voz ronca y entrecortada, un murmullo cargado de culpa y desesperación que salía de su garganta seca como arena, las palabras tropezando unas con otras en un torrente emocional que hacía que su pecho ancho y moreno se agitara con respiraciones profundas y erráticas, el sudor fresco brotando en perlas frías por su frente arrugada y resbalando por las sienes hasta el cuello tenso, donde se perdían en el vello oscuro y rizado que cubría su piel oscura como un manto de frustración acumulada. Sus ojos oscuros, inyectados en

