En la sala, fingiendo ver TV con una normalidad frágil que se rompía como cristal bajo presión —el televisor zumbando con noticias vespertinas o realities insulsos, el volumen alto para ahogar gemidos ahogados, el sofá de cuero crujiendo bajo pesos compartidos y manchado de fluidos secos que dejaban rastros pegajosos en muslos desnudos—, la doble penetración improvisada se desplegaba como un ballet obsceno e improvisado: Jorge en el centro, el pene monstruoso hundido en el culo de una mientras sus dedos gruesos y callosos —untados en lubricante improvisado de saliva y jugos— se clavaban en el coño de la otra, un vaivén alterno que hacía que el sofá entero se sacudiera en ritmos irregulares, el aire cargado de olores a palomitas rancias mezclados con el almizcle crudo de anos dilatados y co

