⚠️⚠️Alerta todos los personajes son mayores de edad, hay contenido explícito y Amelia le dice Padre a su padrastro ya que han vivido siempre juntos. ⚠️⚠️
Ahora si disfruten ❤️
—Hola, papá—, le dije alegremente, abriéndole la puerta cuando llegó del trabajo. Le quité el abrigo y, apoyándome en sus brazos, lo besé en los labios y luego le colgué el abrigo.
—Cariño…—, murmuró tímidamente, quitándose los zapatos. —Tenemos que hablar—.
Ya me lo imaginaba cuando vi su rostro abatido, pero no lo demostré y en lugar de eso me limité a asentí con entusiasmo.
—No puedes besarme en los labios—, jadeó, claramente aliviado de haberlo dicho.
—¿Por qué no, papá?— Había empezado a hacerlo hacía unos días por insistencia de mi amiga, y las quejas ya habían empezado.
—¡Porque soy tu papá!— afirmó con naturalidad.
—Esa no es una razón legítima—, repliqué.
—Las chicas de tu edad no besan a su padre en la boca, y lo sabes. Es inapropiado—.
—¡Ja!— Me reí en su cara. —Estamos en el siglo XXI, ¿eh? ¡Ajá! ¡Adelántate a los nuevos tiempos, viejo!—
—Eso no tiene nada que ver, Amelia.
—Melissa besa a su papá—.
—¿Tu amiga Melissa?—
Asentí.
—De ninguna manera—, se rió burlonamente, —conozco a su padre. Él no besa a su hija—.
Por su mirada inquisitiva, me di cuenta de que tenía curiosidad por escuchar lo que tenía que decir.
—Sí. Cuando voy a su casa, ella también besa a su papá, e incluso se sienta en su regazo.
—Sí, sobre eso…—, dijo, aclarándose la garganta. —Tú tampoco puedes hacer eso. Puedo verte debajo de la minifalda y tus bragas. Es inapropiado. Anoche estuvo bien, pero si quieres ver mis películas violentas conmigo, no puedes sentarte en mi regazo de ahora en adelante, ¿entiendes?—
—Supongo que no todos podemos tener papás divertidos como Melissa—, dije, encogiéndome de hombros.
—¡Cariño, no digas eso!— gritó.
—¿Quieres escuchar lo que tengo que decir?—
—Claro—, respondió mientras sus ojos se agrandaban y su pecho se agitaba.
—Creo que desearías tener un hijo en lugar de mí—.
—Eso… —dijo, haciendo una pausa mientras levantaba el dedo—, ¡es una acusación horrible! ¡Nunca he deseado un hijo porque siempre he sido feliz contigo!—
Tienes una forma curiosa de demostrarlo, ¿te das cuenta, verdad? Llegas del trabajo y dices —hola—, te duchas, lees el periódico, luego mamá vuelve del trabajo y prepara la cena, y estamos cenando, y luego te dejas caer en el sofá a ver tus… películas… y luego murmuras un —buenas noches— y al día siguiente repetimos…
—¿Qué esperas de mí?— gritó, —¿que salga de mi tejado cada vez que vuelva a ver a mi hija?—
Bajé la mirada y sentí la ira subir por mis venas.
—Lo siento, no quise decir eso—, se disculpó. —Solo llego cansado del trabajo, nada más—.
—¿Qué tal mañana hasta el viernes, cuando trabajes desde casa?—
—¿Qué pasa con eso?—
—No importa—, dije enfadada sin interés alguno en la conversación. De todas formas, era inútil. Intenté alejarme, pero papá me agarró del brazo.
—¿Al menos me dirás qué pasa por tu mente?—
—Bueno—, suspiré con rabia, —¿recuerdas cuando me hacías cosquillas en el sofá y me besabas todo el tiempo, y cómo nos acurrucábamos en el sofá? ¿Y cómo te reías cuando te robaba el trozo de carne más grande que tenías en el plato? Cómo… me arropabas—.
—Eras pequeña—, se rió de un modo bastante indulgente.
—¿Recuerdas cuando llegué a casa de la escuela el día de mi decimonoveno cumpleaños y tú estabas allí, en la sala, esperándome?—
—Sí—.
Me di cuenta de que lo recordaba por el brillo juguetón en sus ojos.
—Papá, no te vi escondido detrás de ese enorme regalo envuelto que tenías en medio de la habitación. Y cuando me giré para ver si había alguien en casa, me agarraste por detrás y grité de miedo—.
—Sí, eso fue muy gracioso—, se rió con entusiasmo.
—Por un momento pensé que me iban a violar, pero luego vi que eras tú—.
—Bueno…—
En fin, lo que no te dije es que ese día me hicieron bullying en la escuela. Si no fuera por ti, creo que me habría ido a mi habitación a llorar a mares.
—Nunca me di cuenta… Yo… ¿aún te acosan en la escuela? Quiero decir… a tu edad… ¿las chicas hacen eso?—
—Los adultos también lo hacen, sólo que son mejores en ello—.
—Lo siento mucho, cariño—, suspiró, acariciando mi espalda.
—Eh, entonces…—, balbuceé. —Eh, entonces estabas allí y me ayudaste a abrir ese regalo enorme. Y luego me besaste—Y luego me besaste y me abrazaste—, susurré, e hice una pausa. —Me dijiste que me querías. Todavía lo recuerdo cuando uso esa cinta de correr—.
—Bueno…— murmuró, aclarándose la garganta de nuevo, —Te sigo queriendo igual. ¡Te abracé y te besé porque era tu cumpleaños!— Sonrió ampliamente mientras me miraba fijamente a los ojos.
—Bueno, quizá lo necesite más de un día al año, papá. ¿Sabes cuánto me duele ver a mamá y a ti riendo en el sofá? Verte acercarte a ella todos los días por detrás cuando está ocupada en la cocina y empezar a susurrarle al oído. O cuando tú… cuando… cuando le das caña a tu colchón cada maldita noche, mientras mi habitación está al lado de la tuya, e incluso mi cama prácticamente lo está, solo separada por una pared delgada. Puedo oír tus risitas antes de que empiecen a follar y luego me pregunto qué le estás haciendo. Y luego puedo oírte gruñir encima de ella. Es como si no estuviera allí. ¡Como si fuera invisible para ti, día y noche!
—¿Y qué dices? ¿Quieres que empiece a follarte a ti también?— Papá se rió entre dientes, pensando que era gracioso.
—¡Claro que no, eres un imbécil!— Lo miré con rabia. —Quiero que me demuestres que me quieres. Cuando estoy en casa de Melissa, me doy cuenta de lo jodida que está nuestra relación. Es como si fueras mi padrastro torpe o algo así—.
—¿Estás seguro de que no estás exagerando al menos un poco?— sonrió cálidamente.
—No. Pero el hecho de que no te des cuenta me hace pensar que quizás esta conversación sea mejor que no ocurra. De todas formas, no es que vayas a cambiar. Y ya puedes soltarme el brazo, está casi muerto—.
Sobresaltado, soltó mi brazo y rio levemente.
—¿Crees que esto es cosa de risa?—, pregunté agitada. —¿Te das cuenta de lo difícil que ha sido para mí?—
—No sé qué decirte —balbuceó, poniéndose la mano en el cuello con nerviosismo—. Me haces pasar por uno de los peores padres del mundo.
—Eres… distante—, resoplé. —No me prestas atención. Lo he pensado, ¿sabes?, ¿en mi habitación? Pensé: 'Oye, quizá solo sea autista', y te perdoné. Pero luego bajé y vi cómo te burlabas de mamá juguetonamente y cómo se reía y…
—Está bien, está bien —gimió—. Ya basta de mamá. ¿Qué te gustaría cambiar?
Le sonreí. —Me gustaría que las cosas no fueran tan incómodas entre nosotros. Si no tuviera que sentarme a un metro de ti en el sofá, preocupada por si te incomoda y piensas que es inapropiado que me siente más cerca—.
—Está bien, puedo hacerlo—.
—Me siento más cerca de mis profesores cuando me dan clases particulares después de la escuela—.
—Estás detrás de yo…—.
—Sí, creo que se refleja en mi concentración—.
Esto pareció hacerle comprender que no estaba simplemente pidiendo atención fuera de lugar.
—Lo siento mucho, cariño, no sabía…
—¡¿Qué sabes tú?! —pregunté retóricamente, desafiándolo poniendo las manos en las caderas.
—Vale, ya entiendo. Veremos una película el viernes y nos abrazaremos un poco, ¿vale, cariño?—, preguntó, sonriéndome débilmente, como si eso, de alguna manera, lo arreglara todo.
—No. Quiero que sea más que eso—.
—¿Cómo qué?— me preguntó poniéndose un poco nervioso.