Capítulo 3

1550 Words
Mi papá me hizo callar, ¡y cómo! Apretó sus labios contra los míos antes de que pudiera terminar de responder. Me soltó y sonrió. —¿Dijiste algo?—, preguntó con una sonrisa pícara. —yo– Una vez más me hizo callar besándome. —Lo siento, pequeña, vas a tener toda una vida con papá cubriéndote de besos—, sonrió, pero me di cuenta de que era una sonrisa forzada. Lo noté por su cuerpo inmóvil y rígido, y su voz un poco temblorosa, pero aun así era un comienzo. No dije nada, pero él mantuvo su mirada indiscreta en mis labios. No me arriesgué a hablar. Después de mirarnos tontamente, nos reímos de nuestro pequeño juego. —¿Ves? Está funcionando. Ya eres más divertido que los años anteriores juntos—, le dije, y le pellizqué la oreja juguetonamente. Se la frotó, mirándome fijamente. —No quiero perderte, cariño. Y lo digo en serio—. —Lo sé. —Exhalé profundamente y comencé a trenzarme el pelo, cualquier cosa con tal de no mirarlo a los ojos severos—. ¿Te gusta mi pelo suelto, con trenzas o con una coleta baja?— —Mmm…—, empezó a hablar, obviamente sin saber qué responder. —Me gustan todos—, rió entre dientes. —¿Crees que mi cabello es hermoso?— Él miró mis manos que estaban ocupadas con mi cabello. —Sí, lo es —asintió. Noté cómo se sonrojó un poco. —¿No te gustan más las rubias?— —Las morenas me gustan igual—. —Creo que es mejor. Si eres rubia todos asumen que eres del tipo tonta y guarrilla—, me reí. Él se rió entre dientes mientras asentía en señal de acuerdo. —Tengo tarea. ¿Un beso más para que me acostumbre? —pregunté, mientras ponía mi mano sobre su vientre. —Sí, pero…—, dijo, pero luego se quedó en silencio, pensando en sus siguientes palabras. —No sé qué pensaría mamá si nos viera así—. —A mamá no le importará—, respondí casualmente, pero no pude ocultar la decepción en mi voz. —No lo decía en serio—, me tranquilizó. —Un beso está bien, pero si no, preferiría que solo nos besáramos cuando estemos solos en casa. Nada de besarme cuando mamá esté cerca—. —¡No lo haré! —prometí con entusiasmo—. Ahora cierra los ojos. —¡No, no confío en ti! —se rió, estudiando mi rostro con sus ojos inquisitivos. —Prometo que no empezaré a chuparte la polla—, me reí, sonriendo aún más ampliamente cuando vi la expresión de sorpresa en el rostro de mi padre. —¡Amelia, ese no es lenguaje para una dama! —dijo acusadoramente, mirándome con dureza. No pude saber si estaba bromeando o no, pero si lo estaba, era muy bueno manteniendo una cara de póquer. —Ya cierra los ojos—, me quejé. —Está bien —cedió, y tan pronto como cerró los ojos puso ambas manos sobre su entrepierna. —¿Estás bromeando?— Me reí a carcajadas, sacudiendo la cabeza con incredulidad. Me incliné hacia él y le besé la mandíbula con cautela. Fue bastante gracioso besar a mi padre con los ojos cerrados. Aumentó mi emoción, pero la sorpresa también influyó. Era como si mi padre estuviera a mi merced. Le besé la comisura de los labios. No respondió. Entonces lo besé de lleno en los labios. Muy despacio, aparté mis labios de los suyos. Sus labios eran como… eh, no estoy segura, pero sabían deliciosos, como la mejor comida que había probado en mi vida. Con razón volví a posarlos sobre los suyos y le mordí suavemente el labio inferior. Eso lo sobresaltó y, en un impulso, me empujó lejos de él. —Si quisiera matarte ya estarías muerto—, me reí mientras abría los ojos y se pasaba un dedo por los labios. —¡Pequeña perra!— gritó con fingida ira. —Eso fue por todas las veces que miraste debajo de mi falda, pervertido…— —Bueno —rió entre dientes y se levantó—. Ya terminé de trabajar, así que hoy prepararé la cena. ¿Alguna sugerencia?— —No —respondí, pero agradecí que me preguntara. Antes de irme a mi habitación, lo vi sonreír mientras caminaba hacia la cocina, aunque ni siquiera le gusta cocinar. Sí, lo hice. Concentrarme en la tarea resultó ser todo un reto. Mi mente volvía una y otra vez a los besos. Eran diferentes a los que había compartido con otros hombres. Definitivamente diferentes. Era como algo prohibido, algo con lo que había que tener cuidado al hacerlo. Algo que mamá nunca descubriría. Un secreto entre papá y yo. Me pregunté si él pensaba lo mismo. Quizás era solo que me dejaba llevar fácilmente por mi corta edad. Me reí. No me iba a enamorar de él. Ni hablar. Es mi padre. Las paredes de mi habitación temblaron cuando la puerta principal se cerró de golpe. Genial. Mamá estaba en casa. Pronto cenaríamos. Después de cenar, mamá se fue a jugar al tenis como todos los miércoles. Estaba a punto de subir a terminar mi tarea, pero algo me detuvo. Miré por encima del hombro a papá, sentado solo en el sofá… Emocionada, me acerqué a él y me senté a su lado. Estaba viendo las noticias, algo que me tenía sin cuidado, así que, en lugar de eso, me puse a jugar con el móvil. El solo hecho de estar cerca de mi padre ya me animaba. Mamá solía llegar tarde a casa, charlando con las niñas después de jugar, pero yo tenía pensado madrugar al día siguiente y hacer la tarea. Me reí un par de veces sin siquiera darme cuenta de que él estaba leyendo lo que había en mi teléfono. —¿Qué estás haciendo?— preguntó. —Ya no puedes leer las letras pequeñas, ¿verdad?— —No puedo, no. Desde esta distancia no. ¿Por qué te ríes? —Sonrió, mirándome a los ojos. —No quieres saberlo —dije, cubriendo mi sonrisa con mi mano. —Creo que sí— dijo, muy convencido de sí mismo. —De acuerdo—, le sonreí con un brillo maligno en los ojos. —¿Conoces a ese animal llamado mono narigudo?—, pregunté, y le enseñé una foto. —Ah, sí, un muchacho muy guapo— sonrió amplia y genuinamente, sabiendo que había más por venir. —Entonces, resulta que cuanto más grande es la nariz, más atractivo es para las monas—. —Qué interesante, Amelia. ¿Aprendiste eso hoy en la escuela? —No intentó ocultar su sonrisa traviesa. —Tomo clases extras gratuitas en casa.— —Qué bien—, se rió entre dientes. —Pero es un poco injusto para los humanos, ¿no estás de acuerdo?— —¿Qué quieres decir?— preguntó algo sorprendido. —Bueno, quiero decir que si nosotras, las mujeres, queremos saber lo que un hombre tiene para ofrecer, estamos dando tus primeros pasos en la oscuridad—. —¿Qué se supone que significa eso?— —Me refiero a p***s, papi—, expliqué y para enfatizar mis palabras presioné mi dedo índice sobre su entrepierna. Se sobresaltó y casi se cae del sofá. Debí haber dado en el clavo. —Ustedes los hombres lo tienen más fácil, pueden mirarnos las tetas cuando quieran—, me reí y orgullosamente empujé mis amplios pechos hacia adelante, mostrándolos a mi padre. Suspiró y se recostó en el sofá, cruzando las manos tras la cabeza. Supongo que pensó que era mejor ignorarme, pero aún no había terminado. —Pero hay un truco. De eso trata el sitio web que estoy leyendo—. Inhaló, sacudiendo ligeramente la cabeza mientras miraba la televisión. No respondió cuando tomé su mano de detrás de su cabeza, extendí su palma y junté sus dedos. —El primer truco es comprobar si su dedo anular es más largo que su dedo índice, pero hay que asegurarse de estar comprobando la mano izquierda—. —¿Qué?— preguntó, y luego retiró su mano de la mía con un movimiento rápido. ¡Tu dedo anular sí! En fin, el segundo es mucho más fácil de comprobar. Resulta que los hombres con narices más grandes tienen p***s más grandes. Él se rió entre dientes, tratando de ocultar la sonrisa de satisfacción en su rostro. —Es un poco difícil ocultar la nariz, ¿verdad?— Me reí y, juguetonamente, le toqué la punta de la nariz. —Pago a tu escuela para que enseñe...— —Te dije que leí esto en internet, pero no me estás escuchando, como siempre. Creo que es seguro decir que tienes la nariz bastante grande... así que... —Hice una pausa y busqué mi teléfono—, según esta página web, si el hombre en cuestión pasa ambas pruebas, hay un 73 % de probabilidades de que tenga un pene grande—. —¿Por qué estás leyendo esas cosas?—
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