Jorge tragó saliva, herido por la frase, pero aún empujado por la necesidad. Se acercó más, con cautela, y bajó un poco su bóxer. Deslizó su falo por la entrepierna de su esposa, buscando su coño y una señal, una chispa, algo que le indicara que no estaba completamente solo en su deseo. Pero no la sintió. No había calor, no había humedad, no había ningún indicio de reciprocidad. Solo frialdad. Su m*****o rozaba una piel tibia, sí, pero ausente. Marina no estaba ahí, al menos no como mujer, no como amante. Era un cuerpo cansado, apagado, y él lo supo en cuanto notó la sequedad entre sus muslos. Jorge se detuvo, frustrado, con una mezcla amarga de deseo insatisfecho y rechazo silencioso. Cerró los ojos. No sabía si lo peor era la erección sin destino... o la distancia abismal que lo separa

