Elisa subió las escaleras cansada. Sacó un manojo de llaves de su bolso, seleccionó una, la introdujo en la puerta y luego la giró media vuelta hacia la izquierda. Al instante, su mente nublada se despertó, percibiendo la distinta atmósfera de la habitación.
Justo detrás de la puerta, pudo oír el sonido de una conversación telefónica.
Hamish había vuelto.
«¿Debería contarle lo del cáncer de estómago? ¿Se preocuparía por ella cuando se lo contara?»
se preguntó Elisa repetidamente, pero antes de que pudiera seguir pensando, la puerta se abrió de golpe, mostrando a un Hamish de rostro adusto que se acercaba a ella.
—¿Estabas tonteando por ahí? Fíjate bien cuántas veces te he llamado —le dijo en cuanto la vio.
«¿Hacerse la tonta?» Si ir al hospital a hacerse un análisis de sangre y una gastroscopia se consideraba hacer la tonta, entonces era realmente increíble. En ese momento, la muerte parecía estar a la vuelta de la esquina para ella.
Ajeno a los ojos enrojecidos de Elisa, Hamish siguió reprochándole en silencio que no respondiera a sus llamadas.
Elisa sacó su teléfono del bolso, agitó la pantalla negra delante de su cara y contestó:
—¡Está descargado!
Tenía dos teléfonos: uno para el trabajo de oficina y otro para esperar las llamadas de Hamish. Los últimos días, atormentada por sus problemas estomacales, se había olvidado de cargar el teléfono, por lo que no recibía sus llamadas a la vuelta.
—¿Cuál es la urgencia? —preguntó ella. Si Hamish había estado tan ansioso como para llamarla varias veces, no hacía falta pensar mucho para saber de qué se trataba.
Justo cuando terminaba de reflexionar, Hamish la tomó de la mano y tiró de ella.
—Lila está herida y ha perdido mucha sangre. Ven conmigo al hospital —le dijo.
Como era de esperar, su ansiedad giraba en torno a Lila Morris.
La amargura llenó por completo el corazón de Elisa.
Lila padecía un grave trastorno de la coagulación y tenía un grupo sanguíneo poco común. Elisa era la única que podía corresponder a su grupo sanguíneo.
Elisa estaba empapada por la lluvia. Su pelo como algas se le pegaba a la espalda, sus labios se habían vuelto pálidos y sus manos estaban frías como el hielo. Sin embargo, Hamish permanecía ajeno a todo aquello.
Mientras conducía, Hamish mantenía la mirada fija en la carretera, pero echaba un vistazo al rostro pálido y sin sangre de Elisa a través del espejo retrovisor.
No pudo evitar fruncir el ceño.
—¿Por qué tu cara está tan pálida como un fantasma? —le preguntó.
Así que se dio cuenta.
Elisa curvó los labios burlonamente. Sentía la garganta atascada de flemas. Abrió la ventanilla del coche para ver cómo llovía a cántaros. Su cuerpo se hizo un ovillo y su aliento formó una nube de niebla helada mientras sus pestañas temblaban suavemente.
Hamish la miró fríamente. Al ver que ella permanecía en silencio, se irritó inexplicablemente.
Algo en Elisa parecía raro ese día.
Después de pensarlo un poco, se dio cuenta de que no importaba lo que le estuviera pasando a ella. Lo que más debía preocuparle en aquel momento era el estado de Lila. Con eso en mente, pisó ligeramente el acelerador y el coche aceleró.
Cuando llegaron al hospital, Hamish tiró de Elisa para sacarla del coche, sin darle la oportunidad de estabilizarse. Ella lo siguió a tropezones.
Hamish condujo a Elisa directamente a la sala de extracción de sangre y le dijo a una enfermera con ojos fríos:
—Sácale sangre. No hace falta ningún análisis, date prisa.
La amargura llenó la boca de Elisa. Hamish confiaba más en su sangre que en ella como persona. Ni siquiera se molestó en hacerle pruebas. «¿No temía que las células cancerosas de su cuerpo entraran en el de Lila?»
Elisa forcejeó un momento antes de decir:
—Hamish, hoy no me encuentro bien. ¿Puedo negarme esta vez?
Hamish entrecerró los ojos y un destello malicioso brilló en su interior. Se inclinó, agarrando firmemente la barbilla de Elisa con una mano y habló en un tono escalofriante.
—¿Qué derecho tienes a decir que no? Hace cuatro años firmamos un contrato en el que se establecían claramente nuestras obligaciones. Elisa, espero que cumplas tus obligaciones como es debido.
Sí, habían firmado un contrato hacía cuatro años. En él se establecía explícitamente que Elisa tenía que donar sangre a Lila cuando ésta perdiera demasiada, aunque ello supusiera arriesgar la vida de Elisa.
Así que se lo debía a Hamish.
Hace algún tiempo, Lila tuvo un accidente de coche con Haise y perdió una importante cantidad de sangre por las heridas debido a un retraso en llegar al hospital. Necesitaba urgentemente sangre Rh negativo.
Cuando Hamish se enteró del accidente de Lila, se angustió y suplicó la ayuda de Elisa.
En ese momento, Elisa hizo una oferta. —Sé mi marido. Casémonos y salvaré a Lila.
Aún recordaba el asombro en los ojos de Hamish, seguido del disgusto que fue surgiendo poco a poco. Sin embargo, no era hacia Lila, sino hacia Elisa como persona.
A partir de ese momento, Elisa supo que ambos nunca podrían convivir en paz.
Había forzado la mano de Hamish cuando más la necesitaba.
Hamish nació en el seno de la ilustre familia Burns, de extracción superior. Con su temperamento y su correspondiente influencia, disfrutaba de lo mejor de todo. Todo el mundo solía tratarle como su líder y rara vez había oído una palabra seria de alguien. Era la primera vez que alguien se atrevía a coaccionarle. Elisa lo hizo.
Elisa sabía que Hamish despreciaba que le obligaran a hacer algo que no quería. Por eso, cuando vio que Hamish firmaba el acuerdo sin vacilar, supo que había perdido.
Verle hacer todo eso por Lila le hizo doler el corazón, pero se consoló. «Primero el matrimonio y el amor se desarrollaría con el tiempo. Probablemente Hamish la trataría tan bien como trataba a Lila».
Por desgracia, Dios fue justo. Obligó a Hamish a casarse con ella, así que se merecía el castigo de Dios. Pero Elisa nunca esperó ser abandonada por Dios tan rápidamente.
Tener una enfermedad terminal era el castigo que debía sufrir.
Mientras observaba cómo las agujas atravesaban su piel, extrayendo el plasma carmesí, el rostro de Elisa palidecía de dolor. Era más angustioso que someterse a una gastroscopia.
La enfermera, que nunca había visto a una mujer tan frágil y delicada, se quedó mirando la pálida muñeca de Elisa y susurró:
—¿Puedes aguantar?
Sacudiendo vertiginosamente la cabeza, Elisa respondió con voz ronca:
—Puedo soportarlo. Sólo hazlo.
La enfermera extrajo un total de 600 cc de sangre y no se atrevió a continuar. Las manos de Elisa estaban anormalmente frías, muy por debajo de la temperatura corporal normal.
Las últimas palabras que oyó Elisa antes de perder el conocimiento fueron de Hamish. Le preguntaba a la enfermera. —¿Es suficiente? Si no, sigue extrayéndole.
«¿Por qué Hamish se había vuelto tan despiadado con los años?»