El aire en la mansión Vontobel no olía a oficina ni a tensión. Olía a jazmines frescos, a chocolate italiano y, por primera vez, a pura algarabía infantil. Los trillizos, aunque Evans y Edans intentaban mantener su fachada de "pequeños intelectuales", no pudieron evitar que sus ojos se abrieran de par en par al cruzar el umbral. En el jardín trasero, lo que vieron los dejó sin aliento: un pelotero gigantesco, un castillo inflable de tres pisos de altura con toboganes que desembocaban en una piscina de esferas transparentes que brillaban bajo el sol como diamantes. —¡Es un fuerte táctico! —exclamó Edans, olvidando su promesa de ser difícil. —¡Es un mar de burbujas! —gritó Bea, ya desabrochándose los zapatitos. El abuelo Lorenzo, con su bastón de plata y su traje gris impecable, se acerc

