El convoy de tres Alfa Romeo negros avanzaba por la Vía Apia como una flecha de obsidiana cortando el paisaje de ruinas milenarias. Roma no los recibió con campanas, sino con un silencio opresivo. Alaric Vontobel mantenía una mano sobre el muslo de Angelina, un ancla de posesión física en medio de la incertidumbre. Sus ojos dorados no dejaban de escanear los tejados de terracota; su obsesión por la seguridad de ella era ahora una entidad viva que respiraba en el asiento trasero del vehículo. —Estamos entrando en territorio de Lorenzo Moretti II, el Lobo de Hierro —anunció Demián desde el asiento del conductor, su voz filtrada por el auricular—. Según los satélites que Edans hackeó antes de que saliéramos de Nueva York, hay actividad inusual en el perímetro de la Villa Borghese. Nos está

