El silencio que siguió al estallido del cristal fue más ensordecedor que el ruido mismo. Angelina permanecía inmóvil, con los ojos fijos en el dardo que aún vibraba contra el marco de madera del tocador. La nota, escrita con una caligrafía perfecta y cruel, parecía quemar el aire a su alrededor. —¿Angelina? —La voz de Alaric entró primero, cargada de una furia protectora. Ella no respondió. No podía. Sus manos, que habían manejado crisis empresariales millonarias y criado a tres hijos en la adversidad, ahora temblaban sin control. Sintió un nudo abrasador en la garganta. La frustración la golpeó como una ola: la presencia de Giulia, la frialdad de Thiago, el misterio de este nuevo hombre, Enrico, y ahora las amenazas de una "hermana" que parecía disfrutar destruyendo su cordura. —¡Basta

