Ana Estaba de pie mirando a Maddie mientras ella daba instrucciones a su empleado, Dylan, sobre cómo cerrar el Café. Había llamado a un joven para el turno de la tarde, que cubriría la hora de la cena en su lugar, y debía de tener unos 16 o 17 años, pensó Ana, un empleado ocasional, uno de los adolescentes del pueblo. Había tomado la decisión de confiar en la mujer. Ana había pasado la tarde observándola, viendo cómo trataba a sus empleados y a los clientes, tanto a los habituales que vivían allí como a los veraneantes que llegaban por el verano. Maddie simplemente había seguido con su día normal, hablando con todos a quienes atendía, y sí parecía agradable. A la gente que vivía en ese pueblo le caía bien, sonreían, reían y charlaban con ella como si la conocieran desde hacía mucho tiem

