Ana Estaba de pie en el dormitorio de su novio desde hacía un año y medio, el hombre en cuestión, Peirce. Él estaba en la ducha; ella había llegado temprano con su cena y, en ese momento, deseaba no haberle enviado un mensaje para avisarle que venía antes. Había olido a una mujer afuera de su casa, y hasta sabía quién era. Su ex, Felicity. Había dejado la cena sobre la mesada de la cocina, diciéndose a sí misma que no era nada de qué preocuparse. Que Felicity era la madre de sus dos hijos; estaban divorciados y ella no vivía aquí en el pueblo. Ella venía a su casa para recoger y dejar a los niños para las visitas de fin de semana y vacaciones escolares, según su acuerdo de custodia. Sin embargo, cuando Ana se había dejado entrar en la casa —tal como había sido su mensaje: “Solo déjate e

