“No fue un invento,” negó Londyn con un movimiento de cabeza. “Nos han estado siguiendo desde temprano esta mañana. Pasaron en auto frente a Zara mientras hacía una sesión junto al cartel del resort en la carretera.” Tanto Londyn como Zara —no Sara— olían ahora a humanas y ambas llevaban un collar para hacerlas oler como tales. “Las convencí a las dos de quedarse aquí unos días, dentro de la casa y fuera de la vista.” le dijo Maddie. “Sensato,” asintió Ana. “Bueno, bienvenidas a Greenville.” declaró. Les preparó a todas una taza de té y se sentaron a hablar y conocerse un poco. Sara era el nombre humano de Zara; lo había cambiado cuando dejó su manada. El nombre de Londyn era el que tenía desde que nació. Ella y Maddie se presentaron adecuadamente y les contaron cuánto tiempo llevaban

