9 Estoy en la cocina lavando la sangre de mi hombro cuando Raffe regresa a la casa. —¿Qué pasó? —deja caer una bolsa de plástico en el suelo y corre hacia mí. —Nada. Estoy bien —mi voz es dura y distante. Pienso en esconder la herida, pero mi camiseta está rota y me resulta imposible hacerlo. La vieja camiseta cuelga de un hilo de mi hombro herido. Seguro que resultaría sexy si no fuera por toda la sangre. Quita mi mano que cubre la herida y se acerca a mí para estudiar las cortadas de mi hombro. —¿Te las hizo el demonio que está muerto en el patio? —está tan cerca de mí que su aliento acaricia mi cuello. Me alejo un poco, incómoda. —Sí. Él y sus dos amigos. Raffe aprieta tanto la mandíbula que puedo escuchar cómo rechinan sus dientes. —No te preocupes —le digo—, no tuvo nada que v

