Lo primero que escuchó Roberta, tras volver del estacionamiento a la casa donde vivía, fueron los lamentos de un hombre que, al sentirse solo, se permitió expresar todo lo que estaba sintiendo y le estaba matando. La joven sintió una punzada atravesarle la frente, y su entrecejo se contrajo empujándola a llorar también, pero lo hizo bajito, sentada en una silla de ese recibidor que estaba justo a la entrada de la casa, antes de la preciosa sala en que se la pasaba tirada con sus dos niños. Y así, escuchando a un destrozado hombre, que a ratos clamaba a su abuelo y a ratos a su difunta esposa, la chica también lloró un rato por los que ella había perdido. Y es que, a pesar de que el tiempo había pasado y que, más que el que su dolor disminuyera ella se había acostumbrado a la ausenc

