CAPÍTULO 26

1173 Words
“Recuerda a tu madre, a tu abuela y a tus alumnos... Eres una maestra de preescolar que necesitaba escapar de su exnovio, te atropellé cuando huías de él, así te conocí, y también fue ahí cuando Rebecca te conoció, fue entonces cuando realizamos ese contrato... Recuérdalo, por favor.” Esas palabras se convirtieron en ecos en su cabeza, pero la joven aún no podía terminar de creerlas; de alguna manera se sentía como si lo que Alessandro decía estuviera entrando a su cabeza a la fuerza, empujándola a imaginar cosas que calzaran con la información que estaba recibiendo. De pronto, tras esa punzante sensación en la cabeza, montón de imágenes comenzaron a surgir y a llenar espacios en su cabeza, la mayoría de ellas no tenían sentido, era como ver una película por primera vez hasta que, tal como el hombre dijo, pudo verse huyendo de un hombre, siendo atropellada y encontrándose con alguien igualita a ella. Roberta lloró, lejos de pensar que no era Rebecca Morelli, lo que más le dolía era saber que no era la madre de ese par de niños y que tampoco era la hija de ese hombre tan bueno que, en una semana, había logrado querer demasiado. De todas formas, ella no pudo terminar de comprenderlo todo, aún no se sentía demasiado real todo; pero, sobre todo, se sentía doloroso, por eso, tras parpadear lentamente un par de veces, terminó perdiendo el conocimiento. Así, inconsciente, como si todo fueran sueños que le desgarraban el alma y también terribles pesadillas, esa joven pudo recordar toda su vida y abrió los ojos cuando la pequeña Estrella le palmeó la cara y le llamó por, quizá, décima vez. —Mamita, ¿por qué lloras? —preguntó la pequeña y la joven, con el corazón destrozado, solo pudo llorar un poco más. Al parecer, ella había estado llorando aun cuando dormía, la pequeña niña la había ido a buscar luego de escuchar a Chase llorar por mucho rato pues, al no estar acostumbrado a que su padre lo cuidara, el niño no lograba tranquilizarse a pesar de todo lo que ese hombre hacía para calmarlo. » ¿Soñate con los mostos? —preguntó la pequeña y Roberta quiso sonreír, pero no pudo. Es decir, la verdad a la que se enfrentaba era realmente dura; además, ahora que recordaba todo lo que había hecho mientras creía ser Rebecca, estaba segura de que las cosas no terminarían bien para ella. —Eso parece —declaró la mayor, porque, si le ponía un poco de imaginación, bien podría explicar el dolor de su alma con que un horrible monstruo la había masticado por un buen rato—. ¿Por qué llora Chase? —Depetó —respondió la niña, alzando ambas manos a la altura de sus hombros, al mismo tiempo que alzaba estos mismos. Despertar no debería ser una razón suficiente para llorar, pero, al parecer, Estrella así interpretaba los llantos nocturnos de su hermano menor, como que eran porque había despertado, no por la incomodidad de un pañal húmedo o sucio, ni porque tuviera hambre, sino que simplemente eran porque había despertado. —Bien, entonces vamos a dormirlo, para poder dormir también —dijo la joven mujer, incorporándose tras acariciar el rostro de esa niña que, a pesar de que ahora sabía no era suya, quería de verdad demasiado. Roberta dejó la cama, sintiendo cómo sus fuerzas mellaban, pero aún tenía un trabajo qué hacer porque, hasta donde recordaba, y si es que Alessandro no cambiaba de planes, ella aún debía hacerse pasar por Rebecca Morelli, madre de ese niño que lloraba esperando, seguramente, que ella fuera a abrazarlo. —¿Te encuentras mejor? —preguntó Alessandro, viendo a Roberta entrando a la habitación donde Chase se negaba a dormirse, pero, como estaba cansado y estaba irritado, no dejaba de llorar. Roberta negó con la cabeza. Todo era un lío para ella, aún una parte de ella le pedía que se decantara por la opción donde todo era una broma de ese hombre, una muy mala broma; pero su corazón despedazándose no le permitía caer en semejante ilusión. —Dámelo —pidió la joven, extendiendo los brazos y aceptando al pequeño niño que, como si lo que le hubiera estado haciendo falta fueran los brazos de la mujer que conocía como su madre, dejó de llorar al instante—. Ay, gracias al cielo... Me estaba matando la cabeza. Eso último fue solo un susurro, pero Alessandro, que no estaba tan lejos de la chica, lo alcanzó a escuchar y no supo qué pensar al respecto; es decir, como madre, ella no debería quejarse de sus hijos, ¿o sí? Sin embargo, definitivamente podía comprender ese alivio que ella había mostrado cuando el pequeño dejó de llorar, lo compartía con ella. —¿Recordaste todo? —preguntó el hombre, bajito, temeroso de que el mínimo ruido despertara al pequeño, pero él estaba demasiado incómodo con el silencio. —Todo excepto las condiciones del nuevo contrato para ser Rebecca —respondió Roberta sin mirar al hombre que no podía apartar su vista de ella, era impresionante cómo la sola presencia de esa chica bastaba para tranquilizar a su hijo. Y, pensando en eso, Alessandro se dio cuenta de que debía ser porque el niño también la amaba, igual que Estrella quería tanto a esa mujer. Pero, por alguna razón, tal vez el haber tenido que soportar el inexplicable llanto de su hijo, ya no le molestó saber que ellos la querían, porque, si ella hacía eso por el pequeño, hasta cinco veces por noche, además de todo el día, era justo que ese pequeño la quisiera demasiado. —No hubo un nuevo contrato —explicó Alessandro Bianco, sentándose en la cama—, solo te traje y aceptaste continuar con hacerte pasar por ella. Yo no pude pensar en nada, me estaba muriendo de dolor. Roberta no dijo nada, y es que ella era bastante torpe intentando consolar a alguien que no tuviera entre tres y seis años, y ese hombre rebasaba el límite por algunas décadas; sin embargo, Roberta entendía que él estuviera mal, porque ella también había perdido a alguien para siempre, también sintió alguna vez que moriría por la ausencia, así que de verdad lo podía entender. —Lo lamento —dijo la joven, de pronto—. De verdad creía que yo era ella, así que me comporté como una idiota y te obligué a... Ahora entiendo el asco y la rabia que me tenías, pero, ya no tienes que preocuparte por nada, ahora que sé todo, eso no volverá a ocurrir. Alessandro no pudo decir nada, a pesar de que le supo horrible que esa chica insistiera en que él le tenía asco porque, ni bien la joven terminó de hablar, Roberta cerró la puerta detrás de ella, esa que ni siquiera supo cuándo había cruzado, y se fue hacia su habitación donde, como casi todas las noches, compartiría cama con los dos niños de esa casa.
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