La tarde caía lentamente sobre la ciudad cuando Estrella llegó a su casita, la que alguna vez había imaginado como su refugio y ahora sentía como un espacio que necesitaba proteger. Al bajar del auto, notó el coche de Cristian ya estacionado en la entrada, y su corazón se tensó. No por miedo, sino por esa punzada incómoda de incertidumbre que se había instalado en su pecho desde la conversación con Daniel. Cristian la recibió con una sonrisa al abrir la puerta, con una copa de vino en la mano y el suéter ligero que tanto le gustaba ver en él. Su mirada se suavizó al verla, pero rápidamente notó algo distinto. Algo en su expresión. En su postura. —Pensé que te quedabas a dormir hoy —dijo con voz baja, acercándose para besarle la mejilla—. Hice pasta... y te compré ese vino blanco que te g

