Estrella descendió lentamente las escaleras, los tacones resonando con fuerza sobre el mármol. Mariana aún hablaba, lanzando sus dardos venenosos, pero ella ya no la escuchaba. La sangre le zumbaba en los oídos, los pensamientos se entrelazaban como un remolino oscuro.
No pasaría otra noche bajo ese techo maldito.
Sin mirar atrás, salió de la mansión, subió a su auto deportivo —uno de los pocos lujos que se permitía— y condujo sin rumbo fijo por las avenidas iluminadas de la ciudad, hasta que sus manos temblorosas encontraron sentido en una dirección conocida: el Hotel Parador Imperial. Un refugio de cinco estrellas en lo alto de una colina, elegante, discreto y silencioso… justo lo que necesitaba.
Al llegar, pidió una suite ejecutiva sin reservas. Pagó con su tarjeta personal. Subió sola en el ascensor hasta el piso veintiocho, y al entrar en la habitación, finalmente… exhaló.
Luces tenues. Sábanas de lino. Una ventana de pared completa con vistas a la ciudad que nunca dormía.
Estrella dejó caer la maleta en una esquina, se quitó los tacones y caminó descalza hasta el ventanal. Apoyó la frente contra el vidrio frío. Y entonces, por primera vez esa noche, lloró.
Lloró por la traición. Por los años desperdiciados con un hombre que nunca la amó. Por Bárbara. Por Mariana. Por su madre.
Por ella misma.
Pero cuando las lágrimas se secaron, solo quedó una mujer cansada, de veinticuatro años, enfrentando verdades que había evitado demasiado tiempo.
La rabia se transformó en claridad.
Ella era Estrella Sánchez, nieta de Augusto Araya, fundador de la Corporación de Innovación Automotriz, CIA. Su madre, Camila Araya, había sido la heredera legítima y la accionista mayoritaria… hasta su misteriosa muerte.
Estrella aún conservaba un porcentaje de acciones que su abuelo le había dejado directamente en un fideicomiso al cumplir la mayoría de edad. Eran menores comparados con el bloque accionario que ahora controlaba su padre, pero suficientes para tener voz… si sabía cómo usarla.
Miró su reflejo en el vidrio: ojos enrojecidos, maquillaje corrido, pero la mirada… firme.
Ya no era la niña sumisa que dejaba que los adultos decidieran por ella.
Tenía dinero. Tenía inteligencia. Tenía razones.
Y sobre todo, tenía una verdad por descubrir.
Se dirigió al escritorio de la suite, encendió su laptop y abrió la carpeta confidencial con los últimos movimientos financieros de CIA. Los había solicitado hace días por mera formalidad… pero ahora, algo le decía que debía mirar con otros ojos.
Porque el accidente de su madre… quizás no fue un accidente.
Y si Daniel, Bárbara y Mariana habían jugado con ella… se iban a arrepentir.
Las cifras pasaban una tras otra frente a sus ojos, columnas interminables de dividendos, transferencias, balances. Estrella entrecerró los ojos y amplió la pantalla, buscando una anomalía, un indicio, una grieta en la fachada perfecta de la CIA.
Nada. Todo estaba tan limpio, tan cuidadosamente ordenado, que resultaba sospechoso.
Cerró un archivo. Luego otro. Reuniones. Estados financieros. Contratos blindados. En apariencia, todo estaba bajo control. Sin embargo, algo no encajaba. Lo sentía. Lo sabía. La muerte de su madre, la apropiación de las acciones, la forma en que su padre se convirtió en el accionista dominante con una rapidez asombrosa… había una verdad enterrada ahí. Pero aún no sabía por dónde cavar.
Un bostezo involuntario escapó de sus labios. El cansancio la envolvía como una niebla espesa. Cerró la laptop con un suspiro largo y frustrado, recostándose contra el respaldo de la silla.
Y entonces, como un fantasma terco e inoportuno, él apareció en sus pensamientos.
Daniel.
Su mirada. Su voz grave y cálida. Sus manos en las suyas. La forma en que le acariciaba la mejilla cuando ella se quejaba de sus jornadas largas de trabajo.
Había estado enamorada. Locamente enamorada.
Él siempre había sido dulce, atento, protector. Nunca le alzó la voz. Siempre supo qué decir para hacerla sentir especial. Se conocieron desde adolescentes, pero solo cuando ambos comenzaron a trabajar en CIA el vínculo tomó otra dimensión. Los abuelos, Augusto Araya y Juan Serrano, viejos amigos y socios fundadores, lo habían planeado desde el principio. “Serán el futuro de la empresa”, decían. El compromiso fue anunciado con gran elegancia hacía menos de un año, con prensa, brindis y sonrisas bien ensayadas.
Y aunque al principio ella dudó —¿amor o estrategia?—, Daniel la conquistó sin presión. Con detalles. Con besos lentos y promesas al oído. Besos que duraban más de lo prudente. Caricias suaves que se detenían justo antes de lo inevitable. Nunca llegaron a consumar la relación. Por decisión mutua, o al menos eso creía Estrella. Él siempre decía: “Quiero que todo sea perfecto cuando suceda, Estrella… no quiero que seas solo una más en mi vida. Quiero que seas la única.”
Mentiroso.
Un nudo se le formó en la garganta. ¿Había sido todo un teatro? ¿Desde el primer momento? ¿La había deseado alguna vez? ¿O solo fue una moneda de cambio, una pieza útil en la maquinaria que los viejos habían construido?
Ahora, con su abuelo retirado por enfermedad y su madre muerta, Daniel era el principal accionista y CEO de la empresa. Estrella solo tenía un pequeño bloque de acciones, herencia directa de su abuelo. Legalmente tenía voz… pero en una sala de juntas dominada por los Serrano, era apenas un susurro.
Y encima de todo, Daniel se había acostado con Bárbara. Su media hermana. Su rival silenciosa desde la infancia.
Estrella se deslizó bajo las sábanas, sin quitarse del todo la ropa. El cansancio pesaba en sus huesos, pero el dolor en el pecho era más profundo. Cerró los ojos… y no vio números, ni contratos. Vio los labios de Daniel. Vio la sonrisa que creía solo suya.
Y por primera vez, se preguntó si alguna vez él la amó en lo absoluto… o si ella simplemente nunca tuvo elección.
Una punzada de tristeza la atravesó al pensar que, a sus veinticuatro años, seguía siendo virgen. Siempre había creído que ese momento debía ser especial, con alguien que realmente la amara. Pensó que sería con Daniel… pero él solo había jugado con su corazón.
Inquieta, se levantó de la cama y bajó al bar del hotel. No quería pensar, solo apagar esa tormenta en su pecho. Se sentó sola en la barra y pidió una copa. Luego otra. Y otra más. El alcohol quemaba, pero también adormecía.
Fue entonces cuando lo vio. Alto, de rostro perfectamente simétrico, labios gruesos, cejas marcadas, piel ligeramente bronceada y ojos oscuros que destellaban con picardía. No era un hombre común. Era hermoso, magnético. Y la estaba mirando.
Estrella se acercó, con una sonrisa ladeada y la mirada ya algo turbia. Él también parecía estar algo ebrio, con una copa de whisky en la mano y la corbata aflojada.
—¿Estás solo? —preguntó ella, juguetona.
Él rió suavemente. —Desde hace demasiado tiempo.
Hablaron. Rieron. Coquetearon. Estrella no recordaba las palabras exactas, solo que, por primera vez en mucho tiempo, se sintió deseada. Y no como una pieza en un ajedrez familiar… sino como una mujer.
Lo besó. Primero tímidamente. Luego con hambre. Él se apartó un segundo, sorprendido.
—No deberíamos…
—Tú tampoco quieres estar solo esta noche —susurró ella, acariciando su mandíbula.
Y él no se negó. Se dejaron llevar por el momento, por el alcohol, por el deseo sin ataduras. Subieron juntos al ascensor, tomados de la mano, riendo entre susurros. Al llegar a la suite, la puerta se cerró tras ellos con un suave clic…