Di que me quieres y serás mía

1231 Words
Poliana sostenía el pequeño frasco entre los dedos, sus manos temblaban apenas, como si ese líquido oscuro pudiera absorber su alma. Lo había escondido bien, lejos de miradas indiscretas, y ahora lo contemplaba con una mezcla de miedo y esperanza. Lo destapó y un leve aroma dulzón le hizo arrugar la nariz. ¿Realmente iba a hacerlo? Se miró al espejo, su reflejo le devolvió una imagen que no reconocía del todo. Ya no era la niña ingenua que llegó a esa casa; ahora era una mujer atrapada en un matrimonio vacío, humillada a diario por un hombre que se negaba siquiera a tocarla. Cerró los ojos y recordó el rostro de su abuela, su voz envolvente susurrándole: "A veces, el poder no está en la fuerza ni en la riqueza, sino en saber jugar bien tus cartas." Y esa noche, estaba lista para jugar. Con pasos firmes bajó a la cocina, algo que rara vez hacía. Encontró a Marta, la cocinera, pelando manzanas. —¿Podrías dejarme preparar el postre esta noche? —preguntó, con una sonrisa tímida—. Quiero… sorprender a Brett. Es algo especial. Marta levantó las cejas, sorprendida, pero asintió. —Claro, señorita. Use lo que necesite. Poliana eligió preparar un mousse de chocolate amargo, el favorito de Brett, según había escuchado en una conversación al pasar. Mientras derretía el chocolate al baño maría, sacó el frasquito y, con un suspiro largo y tembloroso, vertió unas gotas exactas. No más, no menos. El líquido se fundió en la mezcla como si siempre hubiera pertenecido allí. Esa noche, el comedor principal de la mansión estaba inusualmente íntimo. Poliana pidió que dejaran sólo dos cubiertos, encendió unas cuantas velas y seleccionó un vino rojo, profundo, especiado. Cuando Brett bajó las escaleras y vio la escena, se detuvo un momento, desconcertado. —¿Qué es esto? —preguntó, mirándola con una ceja arqueada. —Cena. Para los dos —respondió ella, fingiendo una calma que no sentía—. No tenemos que pelear esta noche. Él no dijo nada, solo caminó hacia la silla y se sentó, observándola con atención mientras ella le servía. Poliana jugaba con su copa, fingiendo conversación trivial, mientras lo veía llevarse el primer bocado de mousse a la boca. Su corazón latía tan fuerte que le costaba oír sus propias palabras. Él no notó nada raro. Solo siguió comiendo, en silencio. Sus ojos, sin embargo, se volvían más intensos, como si el calor empezara a subirle por la piel. Cuando terminó, Poliana se retiró con elegancia. —Buenas noches, Brett. Subió las escaleras con pasos suaves, tratando de contener la adrenalina que la recorría. En su habitación, encendió una lámpara tenue, se soltó el cabello y se cambió lentamente, con manos torpes, como si cada prenda que caía fuera un peso que dejaba atrás. Se puso una bata de seda ligera, blanca, con encaje en los bordes. Se sentó al borde de la cama y esperó. Los minutos pasaron. Uno. Cinco. Diez. Quince. ¿Dónde estás, Brett? El silencio era insoportable. Su pecho subía y bajaba con rapidez, los pensamientos chocaban en su mente como olas desesperadas. La esperanza empezaba a resquebrajarse. Finalmente, se puso de pie. No podía soportarlo más. Salió de su habitación y cruzó el pasillo, decidida, aunque el corazón parecía a punto de salirse de su pecho. Se detuvo frente a la puerta de él. Dudó un segundo. Tocó suavemente. Nada. La puerta no estaba cerrada con llave. Empujó con cuidado. Dentro, el aire estaba cargado, espeso. Brett estaba sentado al borde de su cama, el rostro inclinado hacia el suelo, con las manos apoyadas en sus rodillas. Su camisa estaba abierta hasta la mitad del pecho, y su piel brillaba por el sudor. Alzó la mirada lentamente cuando la sintió entrar. Sus ojos estaban inyectados de deseo y confusión. Ardían. —¿Tú… hiciste algo? —preguntó con voz ronca, como si cada palabra le costara respirar. Poliana se quedó paralizada. Nunca lo había visto así. Tan desarmado. Tan humano. Tan peligroso. —Yo… solo quería que me miraras —susurró. Él se levantó de golpe, como si algo dentro de él hubiera estallado. Se acercó lentamente, paso a paso, con los ojos fijos en ella. Poliana sintió que todo el cuerpo se le entumecía, como si cada célula gritara. Sus ojos se alzaron hacia ella como si la esperaran. Pero no había dulzura en esa mirada, sino algo salvaje, apenas contenido. Algo que la hizo detenerse al instante. —¿Qué hiciste? —murmuró él, con voz baja, rasposa, casi un gruñido. Poliana tragó saliva, sin saber cómo responder. La estancia parecía más pequeña, más oscura, más íntima. —Solo quería… que te quedaras esta noche —confesó, apenas audible. Brett dejó escapar una risa seca, sin humor, mientras se acercaba un paso, luego otro. Cada uno parecía retumbar como un tambor en el pecho de Poliana. Cuando estuvo frente a ella, alzó una mano, pero no la tocó. La dejó suspendida cerca de su rostro, como si luchara consigo mismo. —¿Creíste que podías jugar conmigo como si fuera un peón más en tu tablero, Poliana? —susurró cerca de su oído, el calor de su aliento recorriéndole la piel—. ¿Echarme algo en la comida y luego esperar que venga a ti, como un perro hambriento? Poliana alzó la mirada. En sus ojos había algo más que miedo. Había fuego. Orgullo. Deseo confundido con rabia. —No… Quería darte una razón para mirar más allá de tu desprecio —respondió, con voz temblorosa, pero firme. Brett la miró como si acabara de descubrir un secreto enterrado. Y entonces, sin previo aviso, ella le quitó la copa de vino de la mano, la dejó sobre una mesa cercana y se irguió con valentía. —¿Siempre huyes cuando te sientes vulnerable? Él entrecerró los ojos, con una sonrisa torcida que no prometía nada bueno. —Ten cuidado, Poliana… estás entrando en terreno peligroso. —Tal vez es hora de que me pierda un poco —dijo ella, casi en un susurro, mientras lo empujaba suavemente hacia el borde de la cama. El cuerpo de Brett tensó como un resorte. Podía sentirlo conteniéndose, luchando contra el deseo que lo dominaba. Pero no se movía. No la detenía. Y esa rendición silenciosa la llenó de algo nuevo… poder. Se acercó un poco más, lo suficiente como para rozar su pecho con el suyo, y en ese instante, supo que tenía su atención. —¿Qué quieres de mí? —murmuró él. —Que dejes de fingir que no me deseas —contestó ella sin pensarlo. Él cerró los ojos por un segundo, como si esa verdad lo sacudiera por dentro. Y cuando los abrió, su mirada estaba bañada en deseo… y tormenta. —Entonces no te quejes de lo que provocaste —le dijo, con una voz que la hizo temblar de pies a cabeza. Y antes de que pudiera pensar, la atrapó contra la pared con su cuerpo, sin tocarla aún, solo respirando cerca de su cuello, como si midiera su voluntad. Cada segundo se estiraba, denso, lleno de expectativa. Sus labios rozaron apenas la piel bajo su oreja, pero no llegaron a besarla. Era una promesa… o una amenaza. —Pídelo —le dijo—. Solo di que me quieres… y serás mía.
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