Decidieron que esas miradas no eran nada, pero Vera sí sintió algo, que era la valentía de contarle a alguien algo de su vida, algo que no hizo con ninguna compañera con las que trabajó cinco años, ni siquiera Luisa, que era, por decirlo así, la más cercana a ella. Nunca había sido fácil abrirse de un modo u otro a una persona. Llámenlo traumas, recelo de que quisieran ir más allá. No quería que nadie sitiera pena por ella y por sus malas decisiones, porque —aunque costara, tenía que admitirlo— su matrimonio era, después de todo, una mala decisión. Podría echarles la culpa a sus padres de que la orillaron, pero Vera entendió que fue su propia culpa por ser tan ingenua. Sin embargo, hoy, ante ese hombre, mostraba su vulnerabilidad. —Sabe, cuando era pequeña, viví sin agua, sin luz, sin las

