Así pasó casi una semana y la marcas en su piel eran casi poco notarias, podría hasta pasar desapercibidas nada que un buen maquillaje no pudiera ocultar. En cuanto a Augusto, se desapareció una vez tuvo en su poder el Cadillac rojo, con el que tanto soñaba. Eso fue un alivio. Por primera vez, en mucho tiempo tenía que admitir que su marido, lo que hacía o con quién lo hacía, ya no le importaba, así como el hecho de que hacía semanas no le exigía alguna prueba de intimidad. Cuando llegó un viernes a la casa de Alejandro, se encontró con Emperatriz, que la esperaba en la puerta con un cigarro en mano. Algo que siempre se notaba en ella eres ese hábito de siempre tener un cigarro, impregnando todo su alrededor con su fuerte olor. —Vera, tengo que hablar contigo. Acompáñame aquí afuera nada

