Sentado en la cama, con su espalda recargada en un montón de almohadas suaves y cómodas, Timoteo disfrutaba de una agradable comida bien balanceada, perfecta para combatir los medicamentos que estaba tomando por su herida. A decir verdad, en un principio Teo no tenía mucho apetito, pero como la recomendación de todo médico era comer antes de tomar los medicamentos, no le había quedado de otra más que aceptar comer algo. Afortunadamente, luego de probar unos bocados, su estómago se abrió lo suficiente para probar en su mayoría de los platillos, y considerando que había estado inconsciente tres días, casi cuatro, no debería de ser tan sorprendente. De ese tiempo que estuvo fuera, Teo recordaba poco, por no decir nada prácticamente. En realidad, su memoria se encontraba un tanto confusa y c

